Certeza, crítica y prudencia

La certeza (la seguridad subjetiva acerca de una opinión) y la crítica (el examen crítico de una opinión) parecen ser actitudes sociales antitéticas. Los grupos particulares prefieren la certeza, que ayuda a cerrar filas y a funcionar (a tomar decisiones y ponerlas en marcha); la crítica parte de la duda y por lo tanto se abre a la argumentación y al contraste con otras opiniones, lo que puede ser enriquecedor, pero puede también destruir las premisas que fundaban la posición particular. 

Las doctrinas de los grupos particulares se extienden entonces por transmisión repetitiva de sus dogmas, mientras que la argumentación crítica no se limita a la reproducción de una idea sino que crece en comprensión, en la medida que es capaz de asimilar lógicamente nuevos puntos de vista -un proceso no exento de dificultades. 

Pero lo que parece contradictorio en el concepto resulta ser complementario en la realidad, y así nos vemos conducidos más allá de la lógica y la dialéctica a un asunto en el que la razón se superpone con la ética: el problema de nuestra responsabilidad (individual, claro) ante los paradigmas en y entre los que vivimos. ¿En qué punto puede ser considerado irracional el que sigue defendiendo una posición contra todas las objeciones? ¿Y, a a inversa, cuándo resulta prematuro o frívolo abandonar un paradigma por sólo algunos argumentos desfavorables? 

He aquí un dilema dirigido a nuestra prudencia.



Certeza y crítica

La certeza (la seguridad subjetiva acerca de una opinión) y la crítica (el examen analítico de una opinión) parecen ser actitudes sociales antitéticas. Los grupos particulares prefieren la certeza, porque ayuda a cerrar filas y a funcionar (a tomar decisiones y ponerlas en marcha). En cambio, la crítica parte de la duda y, por lo tanto, detiene el funcionamiento de la posición particular (mientras se confirma la validez de lo que se critica, se corrige lo corregible o, en el peor de los casos, se tiene que refundar el proyecto). 

Los grupos particulares ignoran la crítica externa a sus doctrinas y controlan las críticas internas. Prefieren extenderse por transmisión repetitiva de sus dogmas. 

La argumentación no se limita a la reproducción de una idea sino que tiende a una mayor comprensión, en la medida que es capaz de asimilar lógicamente nuevos puntos de vista.

Pero lo que parece contradictorio en el concepto resulta ser complementario en la realidad, y así nos vemos conducidos más allá de la lógica y la dialéctica a un asunto en el que la razón se superpone a la ética y es el de nuestra responsabilidad (individual, claro) ante los paradigmas en y entre los que vivimos. ¿En qué punto podemos llamar irracional al que sigue defendiendo una posición contra todas las objeciones? ¿Y cuándo resulta prematuro o frívolo abandonar un paradigma por sólo algunos argumentos desfavorables? He aquí un dilema dirigido a nuestra prudencia.




Aforismos

Donde todos hablan a la vez, se demuestran dos cosas: 1) Nadie escucha a nadie; 2) Son lo bastante estúpidos como para que no les importe.

Las masas son esencialmente pasivas; sólo pueden propagar las emociones que les induce el demagogo.

La demagogia es tan o más peligrosa que la dictadura. Algunos países son enfrentados al dilema entre ambos males.

Si se quiere una democracia eficiente, debe evitarse a toda costa la formación de masas.

El demagogo seduce a la masa con propaganda, pero si la respuesta emocional es muy grande, acaba creyéndosela él mismo.

El nacionalismo promueve que el individuo gris se sienta parte de un colectivo glorioso. De allí que el nacionalismo atraiga a tantos individuos inestables.

En algunas culturas, el “poder” tiene una ética perversa que lo liga a la corrupción: si la ley te inhibe y no puedes lograr tus fines PARTICULARES, no tienes poder.

La participación democrática racional consiste en verbalizar y dar coherencia a la interpretación de los conflictos.

Al demagogo le interesa crear situaciones masivas en las que las personas no puedan expresarse individualmente y tiendan a reaccionar emocionalmente con los demás. Así la masa se torna muda y quienes están en ella quedan sometidos a la presión de grupo que controla el orador.

Hay debates en los que lo único inteligible es el odio.

“Existir es sentir; nuestro sentir es obviamente anterior a nuestra inteligencia, y tenemos sentimientos antes de tener ideas.” Jean-Jacques Rousseau / Conclusión: mirar bien qué sentimientos propician las mejores ideas y proyectos y cuáles nos convierten en asnos.

Los populistas inventan un ente metafísico (el pueblo), le atribuyen propiedades mágicas, y luego dan carnet de afiliado a los ingenuos.

Las emociones no prueban absolutamente nada respecto a los hechos o palabras que las ocasionan.

Hay discursos cuya verdadera y única finalidad es la satisfacción psicológica del que los enuncia.

Ante la crítica, las personas sensatas dudan y revisan sus opiniones. Los necios, en cambio, reaccionan buscando a otros necios para compartir su error con una tribu.

En un país polarizado, es raro que sólo una mitad tenga razón. Lo más probable es que todos sean presa en alguna medida del odio y la insensatez.

La teoría aporta a la política dos elementos de “distracción retórica”: 1) da coherencia al discurso político, lo que lo hace sonar plausible y, 2) induce a descuidar la crítica de sus premisas.

Lo normal sería pensar primero y luego tomar opción política. Hoy es al revés: primero se elige bando y luego se busca algo que pensar.

Los necios afirman sin dar razones, por eso suenan más seguros que el que razona. De este modo seducen a otros necios.

La identidad nacional invita al individuo gris a participar en un colectivo glorioso. De allí que el nacionalismo atraiga a tantas personalidades perturbadas.

La militancia consiste en someter la conciencia personal a la disciplina de partido, lo que la hace esencialmente antidemocrática y explica por qué conduce inexorablemente a regímenes dictatoriales.

El nacionalismo geográfico es absurdo y el nacionalismo étnico es racista. Sólo cabe gestionar de la manera más justa posible los territorios políticos en los que casualmente nos ha tocado vivir.

El balance perfecto de la miseria política se da cuando la derecha no cree en la justicia y la izquierda no cree en la ley

El político es como un contador: que sea honesto y competente no significa que nuestros negocios vayan a mejorar; pero si es un pillo, un incapaz, o ambas cosas, nos arruinará con seguridad.

El sentimiento es cierto para el que lo experimenta. De allí que piense que todo lo ligado a ese sentimiento también lo es.

En contra de lo que venden los populistas, un agregado de individuos ignorantes no produce un colectivo sabio.

En la organización de los estados,  lo único más peligroso que los políticos es la noción de "pueblo".

En política no se debate para traer al otro a nuestro bando, sino para que las cosas marchen a pesar de nuestras diferencias.

Dialogar con el que piensa como nosotros refuerza lazos de unidad, pero la conciencia progresa cuando debatimos con el que piensa diferente.

Es frecuente que un sistema corrupto esté infestado de incompetentes, porque al político corrupto no le resulta fácil encontrar gente deshonesta y capaz (que además siempre es peligrosa). Los torpes agradecen el cargo y por ello son más leales.

Es malo que no te escuchen cuando tienes razón, pero puede ser peor que te hagan caso cuando no la tienes.

Es regla de la buena dialéctica hacer la mejor interpretación posible de los argumentos del otro. El diálogo es voluntad de comunicación.

El problema no es la existencia de Dios, sino sus argumentos. Su mera existencia no sería razón para obedecerlo.

Hasta que no buscamos razones para ellas, nuestras creencias habituales deben ser consideradas como probablemente erróneas.

Hemos formado nuestras opiniones de modo casual a través de los años. Es natural que estemos llenos de contradicciones.

La racionalidad no consiste en saber, sino en ser conscientes de nuestros límites. Y esa conciencia es lo que nos lleva hacia los otros, nuestros interlocutores.

La vida material exige moderación y regularidad. Lo ilimitado sólo es posible al espíritu, a través del conocimiento.

El fundamento de la comunicación no es lógico, sino ético: decir la verdad y escuchar al otro.

Actitud crítica es hacer o hacerse preguntas para entender lo que se critica. La negación, el ataque personal o el puro rechazo no son crítica porque suponen desprecio, y la crítica sólo puede funcionar examinando su objeto con atención e interés. 

Lo que nos constituye como seres humanos son los tres valores no ligados a la utilidad: verdad, bondad y belleza.

La analogía más engañosa es ver lo cualitativo como cuantitativo. En el mundo hay un mejor ciclista, pero no un mejor escritor.

La argumentación es la búsqueda de articulación en una masa de informaciones aisladas y, en parte, contradictorias.

El valor de la vida como axioma abstracto es débil, para tener fuerza ética debe hacerse sentimiento a través de la compasión.

Debemos desarrollar formas cómodas de reconocer que estamos equivocados y formas educadas de señalar los errores de otros.




Más sobre la perspectiva lógica


La idea básica en la que se funda la crítica lógica del lenguaje es que para controlar la calidad de las comunicaciones verbales que empleamos para describir el mundo (aquellas que calificamos como verdaderas o falsas) necesitamos atenernos a varios tipos de reglas: 1) reglas gramaticales, que estipulan cómo organizar los símbolos verbales (palabras) para producir fórmulas válidas (oraciones del castellano, en nuestro caso); 2) reglas epistémicas, que señalan el modo de comprobar directamente que una oración es una proposición verdadera (describe adecuadamente un estado del mundo); 3) reglas lógicas, que determinan a- el modo de organizar los componentes lógicos de la proposición y, b- el modo de de inferir unas proposiciones de otras (pues no todas las proposiciones basan su verdad en reglas epistémicas).

Para la mayoría de las lenguas, las reglas gramaticales  han sido estudiadas desde antiguo, y no suele haber demasiados problemas para reconocer las oraciones legítimas de cada idioma. Una mala construcción gramatical es fácil de reconocer incluso por usuarios del lenguaje que no conocen reflexivamente las reglas, y puede hacer que aquello que se ha dicho o escrito mal sea completamente ininteligible.  En cuanto a las reglas epistémicas -relativas al conocimiento en general-, estas han sido objeto de discusión filosófica al menos desde Platón y han tendido a ser absorbidas modernamente por reglas epistemológicas -relativas al conocimiento científico-, pero su status sigue siendo filosófico: aún tenemos distintas teorías de la verdad. Las reglas lógicas, por su parte, son las que, a partir de Frege, se entienden como problema esencial del lenguaje -y, por tanto, problema previo de toda discusión filosófica.

La relevancia de la perspectiva lógica se ve mejor cuando se entiende la relación del concepto de teoría con cualquier discurso. Una teoría consiste en una serie de términos que sirven para construir proposiciones básicas y en una serie de reglas que sirven para derivar nuevas proposiciones a partir de las anteriores. Las proposiciones básicas suelen llamarse axiomas, y las derivadas, teoremas. Los problemas científicos se plantean como teoremas que deben ser demostrados, es decir, como proposiciones que se suponen consistentes con la teoría y, por tanto, deberían estar conectadas con los axiomas por una cadena de inferencias. A veces, la imposibilidad de conectar la proposición problemática con la teoría de referencia lleva a proponer una nueva teoría. 

La esencia de la actitud filosófica es tratar los problemas como si necesitaran una teoría. Nuestra vida como usuarios del lenguaje y del conocimiento se mueve en el horizonte de la teoría, esto es, nos conducimos con toda clase de supuestos cuya raíz lógica no hemos aclarado. Nuestras opiniones políticas, morales o religiosas no siempre son principios y rara vez somos capaces de “explicarlas” como inferidas a partir de principios. Las sostenemos por costumbre, porque las hemos heredado, porque nos procuran más amigos que otras opiniones, etc. Se adaptan bien a nuestras necesidades psicológicas y prácticas, en el sentido de que no generan demasiado conflicto, y por tanto no reflexionamos sobre ellas. Empezamos a hacer filosofía cuando intentamos reconstruir la trama lógica que permitiría presentar nuestra opinión ingenua como parte de un discurso articulado.





Apuntes sobre nacionalismo


El tema del nacionalismo afecta en algún grado a la identidad de las personas, por lo cual suele tener asociaciones emotivas importantes. Además, se vincula lógica y objetivamente con dos asuntos muy controvertidos, la xenofobia y el racismo. En la evolución histórica, el nacionalismo va encontrando una oposición cada vez mayor en los ideales "universalistas".

El nacionalismo es, antes que una política, una psicología. Se basa en el sentimiento de pertenencia al grupo que todos los seres humanos experimentan en mayor o menor medida como una necesidad: la aprobación y reconocimiento de los otros a cambio de lealtad y respeto a ciertas normas. Esto funciona en todos los grupos, desde las pandillas de grafiteros hasta las comunidades académicas.

En las sociedades primitivas la propia comunidad era la medida de todas las cosas, de manera que el que no pertenecía a ella (alguien con un idioma y probablemente una apariencia diferentes) no era en absoluto un semejante. Esta reacción ancestral ante lo otro, lo distinto, es la raíz de la xenofobia, el miedo a lo ajeno, a lo extraño.

Con el contacto entre los pueblos tiene lugar en la conciencia social una oposición de motivos entre la xenofobia primitiva y el conocimiento de lenguas y culturas extrañas que resulta de las nuevas "relaciones internacionales". En el mundo antiguo, Roma es la fuerza material que pone los pueblos en contacto real y el cristianismo es la síntesis ideológica que propone una concepción universal de lo humano.

El concepto europeo moderno de nación se aplica a grandes unidades políticas que abarcan multitud de pequeñas comunidades de distinta cultura y, a veces, de distinto lenguaje. La centralización del poder y la administración (en principio, en régimen monárquico) supone una simplificación de las relaciones políticas si se la compara con la fragmentación del anterior período feudal. Pero ahora el "nacionalismo" es un asunto de intereses de alta política, no de cultura o de pertenencia étnica; el reconocimiento o extrañamiento entre comunidades puede darse con independencia de las fronteras (territorios fronterizos de distintas naciones hablan el mismo idioma, mientras que comunidades que dependen de la misma corona tienen lenguas distintas). El nacionalismo, como gran proyecto político, va tratando de fomentar una nueva pertenencia, primero como lealtad personal de los súbditos al rey, luego con motivos abstractos (la patria) y símbolos especiales (banderas, himnos).

La Ilustración impulsa los ideales de universalidad. Los motivos tradicionales, como los religiosos, se consideran imposturas para engañar al pueblo y asegurar privilegios. La Revolución Francesa rompe con el pasado y da lugar a una conciencia internacionalista, la misma que exige Marx al proletariado: tienen más en común dos obreros de diferentes naciones que un burgués y un obrero del mismo país. El progreso social se entiende justo en dirección opuesta al nacionalismo.

Con el Romanticismo se intenta poner límites al optimismo universalista de quienes creen que han descubierto la verdad definitiva sobre el hombre y la sociedad. La esencia del ser humano no es la razón, y la comunidad no puede diseñarse como se diseña una máquina. No es posible abolir las costumbres de la noche a la mañana para sustituirlas por prácticas "racionales". El ser de los individuos y de los pueblos no es manipulable. El Romanticismo quiere recuperar el valor del misterio, de lo desconocido, de lo sagrado, etc., defiende valores religiosos y descubre la peculiaridad de los pueblos exóticos, y del folklore en general, como formas específicas de lo humano. La vida es la sede de un misterio complejo y los pueblos son una expresión de la vida. Este irracionalismo aporta una nueva sensibilidad antropológica que sin duda debería redundar en favor de un mayor conocimiento de lo humano, pero por desgracia también abona el terreno del nacionalismo político sectario y proporciona recursos a manifestaciones tan extremas y absurdas como el Tercer Reich (aunque suene extraño, Hitler es también un personaje romántico). Este irracionalismo, que establece el valor absoluto del propio grupo, puede detectarse en muchos nacionalismos contemporáneos.

El nacionalismo, cuando busca anclaje en motivos profundos, acostumbra a desembocar en alguna forma de racismo. Ambos son fenómenos psicológico-políticos cuyo mecanismo proselitista se basa en la sustitución del mérito personal por hechos inalienables (raza, linaje, nacionalidad) como condición para la pertenencia. Una sociedad guerrera, por ejemplo, es una “meritocracia” que exige al individuo mucho más que la mera pertenencia si quiere ser digno de reconocimiento y respeto: lo obliga a un esfuerzo y rendimiento indispensables para la supervivencia del grupo. En cambio, la raza o el lugar de nacimiento no exigen esfuerzo y no pueden perderse; si se consigue darles una carga simbólica fuerte se convierten en un argumento irresistible, sobre todo para individuos psicológicamente inseguros (no es casualidad que en los partidos ultranacionalistas haya gente tan estrafalaria).

El nacionalismo es lo contrario a una meritocracia. El político nacionalista concede reconocimiento y respeto a seguidores sin méritos a cambio de obediencia. Mientras que el mérito “real” (económico, militar, etc.) contribuye a la supervivencia del grupo, la incompetencia de los leales sólo sirve a la supervivencia del demagogo, pero conduce inevitablemente al desastre.
 
Es necesario subrayar que la "mentalidad nacionalista", con los fenómenos apuntados aquí, en la actualidad recorre transversalmente el burdo esquema de izquierdas y derechas. Aunque los grandes movimientos de izquierda del siglo XX son universalistas, por diferentes malentendidos y razones históricas muchas izquierdas han terminado por apelar de manera lamentable, como instrumento proselitista, al antiguo mecanismo de la pertenencia, de eficacia mucho más inmediata que el adoctrinamiento ideológico, al menos ante masas ignorantes y carentes de autoestima.


Credibilidad, ingenuidad y espíritu científico

Según algunos autores, la relación entre la credibilidad de una fuente y la argumentación se expresa en el hecho de que, a mayor credibilidad del orador, menos disposición a entrar en un proceso argumentativo por parte del auditorio. A la inversa, entre menos creíble sea la fuente, más “en guardia” estará el auditorio contra ella y más pronto a “pedir explicaciones”. Ahora bien, en ese enfoque está implícita la posibilidad de que el auditorio sea capaz de contraargumentar, esto es, de que tenga los conocimientos necesarios para entender los argumentos que se le presentan y poder así criticarlos, objetarlos, refutarlos (o apoyarlos críticamente).

Pero credibilidad no implica siempre comunidad de conocimiento entre el proponente y su auditorio, antes bien, podríamos considerar la hipótesis contraria. La credibilidad es una cualidad de la fuente, no del discurso, y sólo puede ser relevante para quienes, por alguna razón, no pueden valerse por sí mismos en la evaluación de éste. Esta aceptación acrítica ocurre cuando el oyente no es desde su posición capaz de entender las razones que se le dan para que acepte una determinada tesis, pues estas razones no corresponden a su campo de conocimiento y el esfuerzo por entenderlas rebasaría sus disposiciones. Así sucede con el creyente que no capta razones teológicas, el paciente que no entiende razones médicas o el cliente del taller que no comprende razones mecánicas; casos no homologables al del estudiante de teología, de medicina o de mecánica, quiénes quizá no entiendan determinados asuntos en ciertas fases de su proceso de formación, pero se espera que lleguen a entenderlos. Cabe preguntarse, en este sentido, por el modo en que se constituyen las autoridades a través de los actos y actitudes de los participantes en el proceso de su constitución. La Iglesia en un tiempo, y hoy en día la ciencia, han funcionado como productoras de un sistema discursivo justificador de muchas de las verdades que afectan al hombre corriente, quien las acepta sobre la base del solo prestigio de sus fuentes.

Más interesante es quizás el caso en el que el auditorio es capaz de reconocer el lenguaje del argumentador y dar por buenas las premisas que se ofrecen en apoyo de determinadas tesis, pero no es capaz de desentrañar el auténtico sentido de aquéllas. Es un ritual de aceptación dogmática de la doctrina. Y no se trata del caso en el que se comparten principios que se saben indemostrables, como axiomas, sino de la adopción de unos usos lingüísticos en los que se permite la “argumentación” en un sentido puramente positivo, consintiendo el análisis sólo a condición de que sus resultados acumulen nuevas proposiciones al arsenal verbal, pero evitando la solución de ambigüedades y la aclaración de términos, operaciones que tenderían a restringir la movilidad dialéctica de los usuarios.

Es quizás en este punto donde el espíritu científico diverge del político o el metafísico. El político no quiere que su discurso le cierre puertas o lo comprometa innecesariamente (y le vienen bien los beneficios de las apelaciones emotivas que en él puedan contenerse). El metafísico no quiere renunciar al carácter sugerente o al valor retórico de algunas de sus formulaciones, cuyo poder parece residir en su vaguedad metafórica o, a veces, en su resuelta ininteligibilidad. La precisión a la que se obliga la ciencia constituye sin duda un aspecto básico del “criterio de demarcación”. Y constituye en general el rasgo esencial de toda investigación o reflexión honestas.



LAS HUMANIDADES EN EL PROYECTO EDUCATIVO

Quiero mostrar aquí que las humanidades son más que una parte del currículo: constituyen la perspectiva desde la que el currículo y el conju...