La noción de poder

En el sentido más general posible, el poder es la capacidad que algo tiene de transformar su entorno. En inglés la palabra conserva ese sentido general, una persona tiene poder, como también lo tiene un motor. En castellano, en cambio, asociamos poder a una capacidad humana, en particular, una capacidad psicológica y política, no física (no decimos que un levantador de pesas tiene “poder”). Y más en particular, se piensa en la capacidad de influir sobre otras voluntades poniéndolas al servicio de un objetivo propio del agente.

Tienen poder un político, un empresario o un mafioso. En el plano de las relaciones individuales también se habla del poder, a veces puramente psicológico, que unas personas tienen sobre otras: el marido sobre su esposa, la amante sobre el adúltero, el cura sobre sus fieles. El análisis de este tema es complejo. Baste presentar cuatro aspectos del poder que rotularemos como su modo, su naturaleza, su extensión y su origen. Por modo me refiero a su carácter positivo o negativo, esto es, a la modificación de la voluntad ajena mediante promesa de beneficios o perjuicios. Por naturaleza me refiero a la forma material o inmaterial que pueden adoptar estos beneficios o perjuicios. Por extensión quiero decir el mayor o menor grupo de personas cuya voluntad es modificada por el agente con poder. Finalmente, el origen del poder tiene que ver con su carácter privado o público.

Quizás las primeras ideas asociadas al término poder hacen pensar en amenazas, en una situación de extorsión en la que el dominado sabe que no hacer lo que el poderoso quiere puede acarrear consecuencias indeseables. Es común que estas consecuencias indeseables sean simplemente la suspensión de una relación de favor preexistente; por ello quienes tienen o buscan poder tratan de formar una red de beneficiarios tan extensa como sea posible. Antes de llegar a una fase puramente negativa de amenaza, la relación de poder comienza con una fase amable de establecimiento de relaciones personales y materiales que comprometen al dominado. El beneficio puede consistir en dinero u otros bienes materiales, así como en protección y seguridad (clave de las relaciones feudales en la Edad Media, por ejemplo). No es tan común la relación de poder puramente negativa, es decir, sin ninguna ventaja para el dominado. La situación basada en el puro miedo es inestable, pues el dominado mismo no tiene propiamente un lugar en el que pueda dar la espalda a la amenaza y se ve obligado a pensar permanentemente en el escape. Las dictaduras más duraderas son las que se preocupan de delimitar un espacio en el que los dominados pueden vivir sin miedo y en el que reciben hasta dónde es posible lo que necesitan; cuando el miedo y la necesidad aumentan, los dictadores están en apuros. 
Aunque este mecanismo beneficio-amenaza es básico y se supone para otras cosas que deben comentarse, hay que decir que aquí se da a entender que las voluntades del dominante y el dominado tienen siempre en principio objetivos diversos e incluso opuestos. La divergencia o coincidencia de los objetivos es esencial para reconocer la relación como relación de poder. Cuando sus objetivos son parecidos o los mismos el poderoso puede ser visto como líder de un proyecto en el que se colabora y cuyos fines se desean igualmente. La obediencia a un líder es voluntaria y responde a necesidades funcionales de la organización en la que líder y seguidor actúan, por lo cual este tipo de relación compromete a aquél con una posición de autoridad y responsabilidad que se establece de entrada de forma clara, pública y revocable. No obstante, está claro que una de las destrezas del poderoso auténtico es la de saber disfrazar eficazmente de diversas maneras el crudo mecanismo del chantaje, lo que puede hacer presentando sus objetivos como objetivos de interés común (esta era una de las críticas de Marx a la democracia burguesa: los burgueses presentan como interés general lo que sólo es interés particular).

En cuanto a la naturaleza material o inmaterial del poder, surge aquí un asunto netamente filosófico. ¿En qué consiste la “base material” del poder? Podríamos pensar en el dinero, pero el dinero, lejos de ser algo material, es un símbolo que sólo funciona como beneficio (o perjuicio, si es una deuda o una pena pecuniaria) a través de una muy compleja mediación de normas jurídicas y económicas que hacen que ciertos agentes respondan de acuerdo a cierto rol (el comerciante que entrega un bien a cambio de “efectivo” o de una operación electrónica, el juez que fija una pena en metálico, los policías que aseguran la ejecución de un embargo, etc.)

Lo material no está en los billetes que entregamos ni en el bien que obtenemos por él, pues ambos son extremos de dicha cadena de acuerdos. Dicho en términos de John Searle, el dinero es una institución (véase su libro La construcción de la realidad social). Lo estrictamente material, lo que representa el eslabón físico en el entramado de las relaciones de poder, es la intervención directa sobre el cuerpo del sometido, cuando se le detiene, se le traslada, se le encierra, se le tortura, se le priva de lo necesario o se le mata. Materialmente, el poderoso tiene que poder controlar directa o indirectamente, de alguna manera y en algú momento, el acceso al cuerpo de aquel cuya voluntad se quiere emplear, tiene que poder dirigir la violencia necesaria para forzar esta voluntad. Por suerte, en nuestra vida civilizada los engranajes de la violencia en los que descansa el poder público se mantienen ocultos y, si es posible, en reposo. El monopolio de la violencia legítima lo tiene el Estado, a través de los únicos individuos que pueden ejercerla, los policías (los militares no pueden usar la violencia dentro de su país, salvo estados de excepción), pero ese brazo ejecutor de la ley no siempre tiene que intervenir activamente; para la mayoría de nosotros siempre ha bastado la coacción legal y ni siquiera imaginamos la posibilidad de que nuestra relación con el Estado se torne física. 
Pero la violencia existe, más allá de la asepsia de nuestra vida ciudadana. El asaltante a mano armada emplea un recurso (el arma) que le permite intervenir directamente sobre la voluntad que quiere forzar, (a diferencia del estafador, el falsificador, o el político corrupto, que juegan de manera oculta en el nivel de las estructuras “ideales” forjando documentos o haciendo falsas promesas). El arma es "violencia al portador" y establece un cortocircuito en la legalidad al someter a la víctima a una coacción más inmediata para ella de lo que es para el delincuente la coacción de la violencia estatal. Luego la víctima podrá eventualmente movilizar el complejo aparato institucional que, en última instancia, echará mano al delincuente. 

Esta exclusión formal de la violencia de las relaciones privadas hace evidente la preeminencia de las formas ideales y psicológicas del poder sobre las "materiales". El estado de derecho se funda sobre la confiscación de la violencia individual, y el grado de civilización de una sociedad se mide por la inconsciencia relativa de sus miembros respecto a los modos físicos de ejercer el poder.