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Apuntes sobre nacionalismo


El tema del nacionalismo afecta en algún grado a la identidad de las personas, por lo cual suele tener asociaciones emotivas importantes. Además, se vincula lógica y objetivamente con dos asuntos muy controvertidos, la xenofobia y el racismo. En la evolución histórica, el nacionalismo va encontrando una oposición cada vez mayor en los ideales "universalistas".

El nacionalismo es, antes que una política, una psicología. Se basa en el sentimiento de pertenencia al grupo que todos los seres humanos experimentan en mayor o menor medida como una necesidad: la aprobación y reconocimiento de los otros a cambio de lealtad y respeto a ciertas normas. Esto funciona en todos los grupos, desde las pandillas de grafiteros hasta las comunidades académicas.

En las sociedades primitivas la propia comunidad era la medida de todas las cosas, de manera que el que no pertenecía a ella (alguien con un idioma y probablemente una apariencia diferentes) no era en absoluto un semejante. Esta reacción ancestral ante lo otro, lo distinto, es la raíz de la xenofobia, el miedo a lo ajeno, a lo extraño.

Con el contacto entre los pueblos tiene lugar en la conciencia social una oposición de motivos entre la xenofobia primitiva y el conocimiento de lenguas y culturas extrañas que resulta de las nuevas "relaciones internacionales". En el mundo antiguo, Roma es la fuerza material que pone los pueblos en contacto real y el cristianismo es la síntesis ideológica que propone una concepción universal de lo humano.

El concepto europeo moderno de nación se aplica a grandes unidades políticas que abarcan multitud de pequeñas comunidades de distinta cultura y, a veces, de distinto lenguaje. La centralización del poder y la administración (en principio, en régimen monárquico) supone una simplificación de las relaciones políticas si se la compara con la fragmentación del anterior período feudal. Pero ahora el "nacionalismo" es un asunto de intereses de alta política, no de cultura o de pertenencia étnica; el reconocimiento o extrañamiento entre comunidades puede darse con independencia de las fronteras (territorios fronterizos de distintas naciones hablan el mismo idioma, mientras que comunidades que dependen de la misma corona tienen lenguas distintas). El nacionalismo, como gran proyecto político, va tratando de fomentar una nueva pertenencia, primero como lealtad personal de los súbditos al rey, luego con motivos abstractos (la patria) y símbolos especiales (banderas, himnos).

La Ilustración impulsa los ideales de universalidad. Los motivos tradicionales, como los religiosos, se consideran imposturas para engañar al pueblo y asegurar privilegios. La Revolución Francesa rompe con el pasado y da lugar a una conciencia internacionalista, la misma que exige Marx al proletariado: tienen más en común dos obreros de diferentes naciones que un burgués y un obrero del mismo país. El progreso social se entiende justo en dirección opuesta al nacionalismo.

Con el Romanticismo se intenta poner límites al optimismo universalista de quienes creen que han descubierto la verdad definitiva sobre el hombre y la sociedad. La esencia del ser humano no es la razón, y la comunidad no puede diseñarse como se diseña una máquina. No es posible abolir las costumbres de la noche a la mañana para sustituirlas por prácticas "racionales". El ser de los individuos y de los pueblos no es manipulable. El Romanticismo quiere recuperar el valor del misterio, de lo desconocido, de lo sagrado, etc., defiende valores religiosos y descubre la peculiaridad de los pueblos exóticos, y del folklore en general, como formas específicas de lo humano. La vida es la sede de un misterio complejo y los pueblos son una expresión de la vida. Este irracionalismo aporta una nueva sensibilidad antropológica que sin duda debería redundar en favor de un mayor conocimiento de lo humano, pero por desgracia también abona el terreno del nacionalismo político sectario y proporciona recursos a manifestaciones tan extremas y absurdas como el Tercer Reich (aunque suene extraño, Hitler es también un personaje romántico). Este irracionalismo, que establece el valor absoluto del propio grupo, puede detectarse en muchos nacionalismos contemporáneos.

El nacionalismo, cuando busca anclaje en motivos profundos, acostumbra a desembocar en alguna forma de racismo. Ambos son fenómenos psicológico-políticos cuyo mecanismo proselitista se basa en la sustitución del mérito personal por hechos inalienables (raza, linaje, nacionalidad) como condición para la pertenencia. Una sociedad guerrera, por ejemplo, es una “meritocracia” que exige al individuo mucho más que la mera pertenencia si quiere ser digno de reconocimiento y respeto: lo obliga a un esfuerzo y rendimiento indispensables para la supervivencia del grupo. En cambio, la raza o el lugar de nacimiento no exigen esfuerzo y no pueden perderse; si se consigue darles una carga simbólica fuerte se convierten en un argumento irresistible, sobre todo para individuos psicológicamente inseguros (no es casualidad que en los partidos ultranacionalistas haya gente tan estrafalaria).

El nacionalismo es lo contrario a una meritocracia. El político nacionalista concede reconocimiento y respeto a seguidores sin méritos a cambio de obediencia. Mientras que el mérito “real” (económico, militar, etc.) contribuye a la supervivencia del grupo, la incompetencia de los leales sólo sirve a la supervivencia del demagogo, pero conduce inevitablemente al desastre.
 
Es necesario subrayar que la "mentalidad nacionalista", con los fenómenos apuntados aquí, en la actualidad recorre transversalmente el burdo esquema de izquierdas y derechas. Aunque los grandes movimientos de izquierda del siglo XX son universalistas, por diferentes malentendidos y razones históricas muchas izquierdas han terminado por apelar de manera lamentable, como instrumento proselitista, al antiguo mecanismo de la pertenencia, de eficacia mucho más inmediata que el adoctrinamiento ideológico, al menos ante masas ignorantes y carentes de autoestima.


Wittgenstein


Wittgenstein suele fascinar a los estudiantes de filosofía más por su biografía que por su obra. En los pormenores de su vida se encuentran cantidad de anécdotas extravagantes que revelan el genio y la neurosis del personaje. He aquí algunas.

Influido por la obra de Tolstoi, tenía constantes dudas acerca de la utilidad de su trabajo como filósofo, pensando siempre si no sería mejor dedicarse a algo de mayor provecho. Hizo los cursos necesarios y se convirtió en maestro de escuela elemental, ejerciendo durante seis años en distintos pueblos de montaña austríacos. Dados el escaso talento de sus estudiantes y su falta de paciencia, adquirió  la poco pedagógica costumbre de estimularlos a golpes, lo que puso fin a su carrera el día en que dejó inconsciente a uno de sus alumnos menos robustos. Años más tarde, un lugareño lo recordaría como “aquel loco de remate que pretendía enseñar matemáticas superiores a nuestro niños de primaria”.

Era bastante hipocondríaco, de modo que cuando tuvieron que operarlo de una hernia exigió que le administraran anestesia local y que instalaran un espejo para poder ver  el trabajo del cirujano.

Su vida amorosa es igualmente sorprendente. Era un homosexual que se avergonzaba  de ello, lo que explica que propusiera matrimonio a una amiga con la condición de no mantener nunca relaciones carnales, proyecto que la dama no aceptó. A su joven amante, el matemático Francis Skinner,  lo convenció de dejar la universidad para buscar, también, una ocupación “productiva”. Skinner se hizo jardinero primero y luego mecánico, con la natural desaprobación de su familia. En los años treinta decidieron emigrar a la Unión Soviética y convertirse en obreros, pero después de un viaje exploratorio cambiaron de idea. Wittgenstein se fue distanciando del devoto Skinner, quien moriría de poliomielitis en 1941, a los veintinueve años.




Durante la Segunda Guerra Mundial movió influencias para conseguir trabajo en el Guy’s Hospital de Londres (los Wittgenstein movían influencias para perjudicarse: durante la primera guerra, Paul, a quien acababan de amputar un brazo, molestaba a sus contactos para que consiguieran la manera de mandarlo de nuevo al frente).  En el Guy’s “Su trabajo consistía en llevar pastillas desde la farmacia del hospital hasta las salas, donde al parecer aconsejaba a los pacientes que no las tomaran”. Sorprendió a los médicos proponiendo un procedimiento de preparación de ungüentos más eficaz que el que venían usando. Luego, trabajando en el laboratorio de dos médicos que estudiaban un trastorno respiratorio, inventó un método de medición del pulso que resultó de gran utilidad.

Su faceta de diseñador está coronada por la Wittgenstein Haus, proyectada para su hermana Gretl.  Ludwig era un maestro de obras exigente: cuando comprobó que un cielorraso había quedado dos centímetros más bajo de lo previsto ordenó hacer el trabajo de nuevo, para desesperación de trabajadores y clientes. Era enemigo de toda ornamentación, por lo que la iluminación dependía de simples bombillos en su portalámparas sin ningún tipo de pantalla.


 
Su familia no era menos original. Tres de sus hermanos se suicidaron. Hans se ahogó intencionalmente en la bahía de Chesapeake, en Estados Unidos, en 1902. Rudi, un año más tarde, entró en un café de Viena, pidió al pianista que tocara una canción titulada “Abandonado estoy”, ordenó un vaso de leche y, sentándose en una mesa, lo bebió con una dosis de cianuro. Kurt, por su parte, se suicidó hacia el final de la Primera Guerra, avergonzado por la insubordinación de las tropas  a su cargo, que en lugar de obedecerlo prefirieron huir en desbandada. El único sobreviviente de los varones, aparte de Ludwig, fue Paul, al que seguía en edad. Paul era pianista pero perdió su brazo derecho en la primera guerra, a pesar de lo cual siguió dando conciertos para mano izquierda que encargaba a compositores como Ravel, Prokofiev o Strauss.



Wittgenstein era de la edad de Hitler y asistió durante un tiempo a la misma escuela que éste, en Linz, por lo cual se especula sobre la posibilidad de que hayan compartido clase alguna vez. De haber hecho amistad, quizás la familia Wittgenstein podría haberse ahorrado la fortuna gastada en sobornar a las autoridades nazis para que los clasificaran como mestizos y no como judíos en tiempos del Tercer Reich. Pero a pesar de las pérdidas materiales y alguna noche de cárcel, sobrevivieron todos.

Más y mejor información sobre el personaje puede encontrarse en Wittgenstein, de Ray Monk, una buena biografía que equilibra lo biográfico con lo filosófico, y en La familia Wittgenstein, de Alexander Waugh, abundante en anécdotas de toda la estirpe.









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