LAS HUMANIDADES EN EL PROYECTO EDUCATIVO



Quiero mostrar aquí que las humanidades son más que una parte del currículo: constituyen la perspectiva desde la que el currículo y el conjunto del sistema educativo pueden adquirir coherencia.

En un mundo racional, proponer un proyecto implica justificarlo, ofrecer razones que lo sostengan (por ejemplo, explicando su importancia, su sentido o sus consecuencias positivas). ¿En qué términos se presenta a los jóvenes el proyecto de su educación? Si pensamos que se trata de un proceso que comienza a los tres o seis años y que, además, es obligatorio, la idea misma de «propuesta» parece perder sentido. Sin embargo, se espera que los estudiantes vayan alcanzando la autonomía necesaria para hacerse cargo de ese proceso, organizando su tiempo, escogiendo itinerarios y asumiendo responsabilidades. Cabría pensar que, en algún momento de la adolescencia, llegarán a comprender las razones que justifican el enorme esfuerzo realizado por la sociedad y por ellos mismos —dedicando a la escuela buena parte de su tiempo durante años, y cerca de mil horas anuales sólo a las clases—. Pero eso rara vez ocurre. Y no ocurre porque esas razones son casi tan oscuras para ellos como para el resto de los implicados.

Es obvio que la educación es fundamental para el individuo y para la sociedad, pero no resulta tan evidente por qué. Es una paradoja familiar para los filósofos: convivimos con realidades que damos por supuestas y que, sin embargo, apenas nos detenemos a tratar de comprender. El sistema educativo carece de un proyecto suficientemente coherente y compartido por quienes participan en él. Como consecuencia, los educandos apenas pueden encontrar un sentido a todo ese esfuerzo más allá de los argumentos habituales de la miopía pragmática de los adultos —la empleabilidad o la remuneración futura— o de la resignación condensada en el «es lo que te toca».

Creo que el problema puede orientarse a partir de una premisa general, problemática en sí misma: educar a alguien es socializarlo, es decir, formarlo para integrarse en un grupo. No es problemática porque sea falsa —de hecho, la hipótesis contraria, «educar no es socializar», plantearía dificultades aún mayores—, sino porque resulta demasiado general.

La premisa se entiende bien si consideramos sociedades más simples. Educarse en Esparta, por ejemplo, significaba convertirse en parte funcional de una sociedad organizada para la guerra, sin alternativas capaces de distraer al individuo de ese objetivo o debilitar al conjunto. Cuando trasladamos esa idea a nuestro caso, sin embargo, todo se vuelve incierto. ¿A qué sociedad pertenece realmente el estudiante? ¿Al país, a la cultura occidental, al sistema económico global, a su generación, a la nuestra o a la del futuro? Existen, desde luego, grupos inmediatos —la familia, la escuela y otros ámbitos de convivencia— cuyas exigencias de adaptación son claras y poderosas, pero no son el referente de la socialización de la que aquí hablamos. Además, ¿qué significa exactamente «adaptar»? ¿Formar al individuo conforme a determinados modelos? ¿No entraría eso en tensión con la autonomía que pretendemos desarrollar? El modelo espartano resulta nítido; el nuestro, por su propia naturaleza, no puede serlo. Precisamente por eso necesitamos reflexionar sobre los fines de la educación sin reducirlos a una simple preparación para el empleo, sino haciéndonos cargo del tipo de sociedad que pretendemos ser: una sociedad democrática.

La democracia es, esencialmente, el espacio en el que cada miembro puede convertirse en un factor de evolución del conjunto, precisamente porque se le permite ser diferente y hacer valer esa diferencia en beneficio propio y de los demás. En una democracia, la adaptación es necesariamente mutua.

En el preámbulo de la LOMLOE se encuentra esta algo atropellada exposición de los fines individuales y sociales de la educación:

Mientras que para cualquier persona la educación es el medio más adecuado para desarrollar al máximo sus capacidades, construir su personalidad, conformar su propia identidad y configurar su comprensión de la realidad, integrando la dimensión cognoscitiva, la afectiva y la axiológica, para la sociedad es el medio más idóneo para transmitir y, al mismo tiempo, renovar la cultura y el acervo de conocimientos y valores que la sustentan, extraer las máximas posibilidades de sus fuentes de riqueza, fomentar la convivencia democrática y el respeto a las diferencias individuales, promover la solidaridad y evitar la discriminación, con el objetivo fundamental de lograr la necesaria cohesión social.

Aunque solemos desconfiar del estilo legislativo, percibido a menudo como una retórica burocrática torpe o interesada, en este caso el texto expresa con bastante acierto la relación entre la persona y la comunidad:

  1. La persona se desarrolla sin coerción: se habla de sus capacidades, su personalidad, su identidad y su comprensión de la realidad.
  2. La sociedad no se concibe como una mera organización económica, sino como una comunidad sustentada por una cultura, un conocimiento y unos valores que la educación transmite y renueva.
  3. La cohesión social no descansa en restricciones normativas, sino en disposiciones éticas promovidas por la educación: la convivencia, el respeto a las diferencias y la solidaridad.

Por tanto, lo que hemos olvidado es la esencia humanística de la educación democrática: ante todo formamos a la persona y sobre esa base se desarrolla el profesional. Pero, como nos resulta más sencillo entender las razones pragmáticas que las razones de fondo, terminamos perdiendo de vista el sentido de todo el proceso, perjudicándose con ello la persona, el profesional y la calidad democrática general. El proyecto educativo necesita que sus agentes tengan presentes esos fundamentos, no solamente para invocarlos retóricamente en los discursos, sino para extraer de ellos consecuencias concretas organizativas y curriculares. De otro modo, la educación deja de ser un sistema dirigido a lograr el desarrollo de la personalidad, o siquiera la adaptación al mercado de trabajo, para convertirse en un conjunto de actividades rutinarias dedicadas al autoengaño. 

LAS HUMANIDADES EN EL PROYECTO EDUCATIVO

Quiero mostrar aquí que las humanidades son más que una parte del currículo: constituyen la perspectiva desde la que el currículo y el conju...