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La especie gregaria

Hay una paradoja básica de la especie humana: somos seres gregarios pero, al mismo tiempo, ese espíritu de grupo o instinto social no excluye una actitud más o menos beligerante con grupos diferentes. Podemos ser cooperativos con los nuestros, pero somos competitivos, indiferentes o agresivos con los demás. La paradoja se produce cuando ponemos en el mismo plano esa abstracción llamada Humanidad con la realidad concreta de una especie fragmentada en pueblos, tribus o naciones que intentan avasallarse mutuamente y que, en consecuencia, viven una historia caracterizada por la guerra y la opresión.

La distinción entre “Nosotros” y “Ellos” es seguramente una de las operaciones fundamentales de los grupos primitivos. Esa distinción habrá evolucionado probablemente a partir de una mucho más básica entre Nosotros y cualquier forma de vida animal no familiar, por tanto, potencialmente peligrosa. Y los animales que intuimos como más peligrosos son los que, aun pareciéndose a nosotros, difieren en aspectos significativos, como el habla o el color. ¿Por qué reconocer como “semejantes” a esos seres? ¿Qué sentido tendría obviar las diferencias y dar por sentado que esos extraños son esencialmente iguales a nosotros? Aunque la operación mental fuera posible en estadios primitivos, sería quizás arriesgado basarse en ella para proceder pacíficamente y sin tomar precauciones.

En el concepto de progreso nunca se ha tomado en cuenta el atraso que supone la persistencia de esta desconfianza primitiva. Progresa la capacidad de controlar y explotar la naturaleza, más allá de lo que necesitamos, pero seguimos siendo desconfiados y violentos como en la Edad de Piedra, negándole -de manera implícita o explicita- derechos y dignidad (humanidad, en suma) a cualquiera que esté fuera de nuestro ámbito de relaciones normalizadas. 

Actitud muy ingenua y peligrosa para una especie que vive en contacto cada vez más estrecho en un mundo cada vez más pequeño.




 

17 tweets sobre demagogia

No hay masa sin demagogo ni demagogo sin masa. El vínculo es estrictamente emocional.

Las masas son esencialmente pasivas; sólo pueden propagar las emociones que les induce el demagogo.

Los miembros de una masa no atienden razones; se comunican con consignas y slogans.

La política debe basarse en el logos (la razón) y el ethos (lo ético) nunca en el pathos (la emoción).

Si se quiere una democracia eficiente, debe evitarse a toda costa la formación de auditorios masivos.

El demagogo seduce a la masa con propaganda, pero si la respuesta emocional es muy grande, acaba engañándose él mismo.

Los políticos de la izquierda clásica podían moverse entre la propaganda y la teoría. Hoy el 2º término no existe.

La demagogia es tan o más peligrosa que la dictadura. Algunos países son enfrentados al dilema entre ambos males.

Una propaganda sana consiste en un resumen estilizado de la posición que intenta promover.

Cierta política apela a la provocación por hábito. De este modo, sólo se comunica por lo emocional con un auditorio intelectualmente básico.

¿Cuál es el valor dialéctico de la provocación? Pasar a una confrontación en la que el provocador cree tener mejores posibilidades.

La identidad nacional permite que el individuo gris ingrese en un colectivo glorioso. De allí que el nacionalismo atraiga a tanto bobo.

El sistema ideológico permite argumentaciones muy llamativas que fascinan al partidario ignorante porque no las entiende.

La clave de la conducta narcisista es PARECER. Normalmente debajo de las camisetas y los tatuajes no hay discurso, porque no hay argumentos.

La libertad democrática consiste, como decían los griegos, en que no nos gobiernan hombres, sino leyes.

Si el discurso pierde fuerza argumentativa y sube la carga emotiva, pasa a ser una forma preliminar de la violencia.

El político narcisista actúa buscando el aplauso. Así, es incapaz de funcionar democráticamente; solo atina a la demagogia.


La noción de "poder" (II)


En cuanto a la naturaleza material o inmaterial del poder, surge aquí un asunto netamente filosófico. ¿En qué consiste la “base material” del poder? Podríamos pensar en el dinero, pero el dinero, lejos de ser algo material, es un símbolo que sólo funciona como beneficio (o perjuicio, si es una deuda o una pena pecuniaria) a través de una muy compleja mediación de normas jurídicas y económicas que hacen que ciertos agentes respondan de acuerdo a cierto rol (el comerciante que entrega un bien a cambio de “efectivo” o de una operación electrónica, el juez que fija una pena en metálico, los policías que aseguran la ejecución de un embargo, etc.)

Lo material no está en los billetes que entregamos ni en el bien que obtenemos por él, pues ambos son extremos de dicha cadena de acuerdos. Dicho en términos de John Searle, el dinero es una institución (véase su libro La construcción de la realidad social). Lo estrictamente material, lo que representa el eslabón físico en el entramado de las relaciones de poder, es la intervención directa sobre el cuerpo del sometido, cuando se le detiene, se le traslada, se le encierra, se le tortura, se le priva de lo necesario o se le mata. Materialmente, el poderoso tiene que poder controlar directa o indirectamente, de alguna manera y en algún momento, el acceso al cuerpo de aquel cuya voluntad se quiere emplear, tiene que poder dirigir la violencia necesaria para forzar esta voluntad. Por suerte, en nuestra vida civilizada los engranajes de la violencia en los que descansa el poder público se mantienen ocultos y, si es posible, en reposo. El monopolio de la violencia legítima lo tiene el Estado, a través de los únicos individuos que pueden ejercerla, los policías (los militares no pueden usar la violencia dentro de su país, salvo estados de excepción), pero ese brazo ejecutor de la ley no siempre tiene que intervenir activamente; para la mayoría de nosotros siempre ha bastado la coacción legal y ni siquiera imaginamos la posibilidad de que nuestra relación con el Estado se torne física. 
Pero la violencia existe, más allá de la asepsia de nuestra vida ciudadana. El asaltante a mano armada emplea un recurso (el arma) que le permite intervenir directamente sobre la voluntad que quiere forzar, (a diferencia del estafador, el falsificador, o el político corrupto, que juegan de manera oculta en el nivel de las estructuras “ideales” forjando documentos o haciendo falsas promesas). El arma es "violencia al portador" y establece un cortocircuito en la legalidad al someter a la víctima a una coacción más inmediata para ella de lo que es para el delincuente la coacción de la violencia estatal. Luego la víctima podrá eventualmente movilizar el complejo aparato institucional que, en última instancia, echará mano al delincuente. 

Esta exclusión formal de la violencia de las relaciones privadas hace evidente la preeminencia de las formas ideales y psicológicas del poder sobre las "materiales". El estado de derecho se funda sobre la confiscación de la violencia individual, y el grado de civilización de una sociedad se mide por la inconsciencia relativa de sus miembros respecto a los modos físicos de ejercer el poder. 





LAS HUMANIDADES EN EL PROYECTO EDUCATIVO

Quiero mostrar aquí que las humanidades son más que una parte del currículo: constituyen la perspectiva desde la que el currículo y el conju...