viernes, 4 de octubre de 2019

La claridad


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La filosofía tiene vocación de claridad. Sin embargo, no siempre es fácil de leer, y esto por tres razones. La primera es la confusión de literatura con filosofía (distorsionar la representación de la idea filosófica por razones estéticas). La segunda es la complejidad del problema (que exige del lector unas referencias previas, un lenguaje y una atención especial). La tercera es el estado de la cuestión (si el problema todavía no está maduro, lo que se escribe es una exploración y no una exposición terminada).

La actividad filosófica se mueve entre los polos de la exploración y la exposición. Esto no quiere decir que la fase de exposición, en la que se supone que tenemos las "ideas claras", sea definitiva; en realidad es parte de un ciclo, por lo que siempre podemos volver a reflexionar sobre lo que teníamos claro y desarrollarlo más, corregirlo o, incluso, refutarlo. Pero el "momento de claridad" es esencial a la filosofía: es el lugar donde estamos instalados y desde donde podemos continuar, y es el punto de referencia para que nuestros interlocutores puedan empezar a entretejer un diálogo con nosotros.

En la fase exploración nuestro pensamiento funciona de otro modo: buscamos posibles asociaciones, hacemos analogías, ensayamos hipótesis, etc. Aquí es donde tiene sentido la metáfora, que sirve como una herramienta polivalente, por su pluralidad de sentidos más o menos apuntados en la dirección de lo que nos preocupa. Pero filosóficamente la metáfora se dirige a un concepto, no se usa para meramente para evocar imágenes y sentimientos como hace la poesía. Poesía y filosofía son dos modos de abordar la realidad, sólo que el poeta es como el explorador, que quiere ver y tocar, mientras que el filósofo quiere (también y sobre todo) entender y clasificar.

martes, 1 de octubre de 2019

Más sobre la perspectiva lógica


La idea básica en la que se funda la crítica lógica del lenguaje es que para controlar la calidad de las comunicaciones verbales que empleamos para describir el mundo (aquellas que calificamos como verdaderas o falsas) necesitamos atenernos a varios tipos de reglas: 1) reglas gramaticales, que estipulan cómo organizar los símbolos verbales (palabras) para producir fórmulas válidas (oraciones del castellano, en nuestro caso); 2) reglas epistémicas, que señalan el modo de comprobar directamente que una oración es una proposición verdadera (describe adecuadamente un estado del mundo); 3) reglas lógicas, que determinan a- el modo de organizar los componentes lógicos de la proposición y, b- el modo de de inferir unas proposiciones de otras (pues no todas las proposiciones basan su verdad en reglas epistémicas).

Para la mayoría de las lenguas, las reglas gramaticales  han sido estudiadas desde antiguo, y no suele haber demasiados problemas para reconocer las oraciones legítimas de cada idioma. Una mala construcción gramatical es fácil de reconocer incluso por usuarios del lenguaje que no conocen reflexivamente las reglas, y puede hacer que aquello que se ha dicho o escrito mal sea completamente ininteligible.  En cuanto a las reglas epistémicas -relativas al conocimiento en general-, estas han sido objeto de discusión filosófica al menos desde Platón y han tendido a ser absorbidas modernamente por reglas epistemológicas -relativas al conocimiento científico-, pero su status sigue siendo filosófico: aún tenemos distintas teorías de la verdad. Las reglas lógicas, por su parte, son las que, a partir de Frege, se entienden como problema esencial del lenguaje -y, por tanto, problema previo de toda discusión filosófica.

La relevancia de la perspectiva lógica se ve mejor cuando se entiende la relación del concepto de teoría con cualquier discurso. Una teoría consiste en una serie de términos que sirven para construir proposiciones básicas y en una serie de reglas que sirven para derivar nuevas proposiciones a partir de las anteriores. Las proposiciones básicas suelen llamarse axiomas, y las derivadas, teoremas. Los problemas científicos se plantean como teoremas que deben ser demostrados, es decir, como proposiciones que se suponen consistentes con la teoría y, por tanto, deberían estar conectadas con los axiomas por una cadena de inferencias. A veces, la imposibilidad de conectar la proposición problemática con la teoría de referencia lleva a proponer una nueva teoría. 

La esencia de la actitud filosófica es tratar los problemas como si necesitaran una teoría. Nuestra vida como usuarios del lenguaje y del conocimiento se mueve en el plano de lo teoremático, esto es, nos conducimos con toda clase de supuestos cuya raíz lógica no hemos aclarado. Nuestras opiniones políticas, morales o religiosas no siempre son principios y rara vez somos capaces de “explicarlas” como inferidas a partir de principios. Las sostenemos por costumbre, porque las hemos heredado, porque nos procuran más amigos que otras opiniones, etc. Se adaptan bien a nuestras necesidades psicológicas y prácticas, en el sentido de que no generan demasiado conflicto, y por tanto no reflexionamos sobre ellas. Empezamos a hacer filosofía cuando intentamos reconstruir la trama lógica que permitiría presentar nuestra opinión ingenua como parte de un discurso articulado.


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viernes, 13 de septiembre de 2019

Apuntes sobre nacionalismo


El tema del nacionalismo afecta en algún grado a la identidad de las personas, por lo cual suele tener asociaciones emotivas importantes. Además, se vincula lógica y objetivamente con dos asuntos muy controvertidos, la xenofobia y el racismo. En la evolución histórica, el nacionalismo va encontrando una oposición cada vez mayor en los ideales "universalistas".

El nacionalismo es, antes que una política, una psicología. Se basa en el sentimiento de pertenencia al grupo que todos los seres humanos experimentan en mayor o menor medida como una necesidad: la aprobación y reconocimiento de los otros a cambio de lealtad y respeto a ciertas normas. Esto funciona en todos los grupos, desde las pandillas de grafiteros hasta las comunidades académicas.

En las sociedades primitivas la propia comunidad era la medida de todas las cosas, de manera que el que no pertenecía a ella (alguien con un idioma y probablemente una apariencia diferentes) no era en absoluto un semejante. Esta reacción ancestral ante lo otro, lo distinto, es la raíz de la xenofobia, el miedo a lo ajeno, a lo extraño.

Con el contacto entre los pueblos tiene lugar en la conciencia social una oposición de motivos entre la xenofobia primitiva y el conocimiento de lenguas y culturas extrañas que resulta de las nuevas "relaciones internacionales". En el mundo antiguo, Roma es la fuerza material que pone los pueblos en contacto real y el cristianismo es la síntesis ideológica que propone una concepción universal de lo humano.

El concepto europeo moderno de nación se aplica a grandes unidades políticas que abarcan multitud de pequeñas comunidades de distinta cultura y, a veces, de distinto lenguaje. La centralización del poder y la administración (en principio, en régimen monárquico) supone una simplificación de las relaciones políticas si se la compara con la fragmentación del anterior período feudal. Pero ahora el "nacionalismo" es un asunto de intereses de alta política, no de cultura o de pertenencia étnica; el reconocimiento o extrañamiento entre comunidades puede darse con independencia de las fronteras (territorios fronterizos de distintas naciones hablan el mismo idioma, mientras que comunidades que dependen de la misma corona tienen lenguas distintas). El nacionalismo, como gran proyecto político, va tratando de fomentar una nueva pertenencia, primero como lealtad personal de los súbditos al rey, luego con motivos abstractos (la patria) y símbolos especiales (banderas, himnos).

La Ilustración impulsa los ideales de universalidad. Los motivos tradicionales, como los religiosos, se consideran imposturas para engañar al pueblo y asegurar privilegios. La Revolución Francesa rompe con el pasado y da lugar a una conciencia internacionalista, la misma que exige Marx al proletariado: tienen más en común dos obreros de diferentes naciones que un burgués y un obrero del mismo país. El progreso social se entiende justo en dirección opuesta al nacionalismo.

Con el Romanticismo se intenta poner límites al optimismo universalista de quienes creen que han descubierto la verdad definitiva sobre el hombre y la sociedad. La esencia del ser humano no es la razón, y la comunidad no puede diseñarse como se diseña una máquina. No es posible abolir las costumbres de la noche a la mañana para sustituirlas por prácticas "racionales". El ser de los individuos y de los pueblos no es manipulable. El Romanticismo quiere recuperar el valor del misterio, de lo desconocido, de lo sagrado, etc., defiende valores religiosos y descubre la peculiaridad de los pueblos exóticos, y del folklore en general, como formas específicas de lo humano. La vida es la sede de un misterio complejo y los pueblos son una expresión de la vida. Este irracionalismo aporta una nueva sensibilidad antropológica que sin duda debería redundar en favor de un mayor conocimiento de lo humano, pero por desgracia también abona el terreno del nacionalismo político sectario y proporciona recursos a manifestaciones tan extremas y absurdas como el Tercer Reich (aunque suene extraño, Hitler es también un personaje romántico). Este irracionalismo, que establece el valor absoluto del propio grupo, puede detectarse en muchos nacionalismos contemporáneos.

El nacionalismo, cuando busca anclaje en motivos profundos, acostumbra a desembocar en alguna forma de racismo. Ambos son fenómenos psicológico-políticos cuyo mecanismo proselitista se basa en la sustitución del mérito personal por hechos inalienables (raza, linaje, nacionalidad) como condición para la pertenencia. Una sociedad guerrera, por ejemplo, es una “meritocracia” que exige al individuo mucho más que la mera pertenencia si quiere ser digno de reconocimiento y respeto: lo obliga a un esfuerzo y rendimiento indispensables para la supervivencia del grupo. En cambio, la raza o el lugar de nacimiento no exigen esfuerzo y no pueden perderse; si se consigue darles una carga simbólica fuerte se convierten en un argumento irresistible, sobre todo para individuos psicológicamente inseguros (no es casualidad que en los partidos ultranacionalistas haya gente tan estrafalaria).

El nacionalismo es lo contrario a una meritocracia. El político nacionalista concede reconocimiento y respeto a seguidores sin méritos a cambio de obediencia. Mientras que el mérito “real” (económico, militar, etc.) contribuye a la supervivencia del grupo, la incompetencia de los leales sólo sirve a la supervivencia del demagogo, pero conduce inevitablemente al desastre.
 
Es necesario subrayar que la "mentalidad nacionalista", con los fenómenos apuntados aquí, en la actualidad recorre transversalmente el burdo esquema de izquierdas y derechas. Aunque los grandes movimientos de izquierda del siglo XX son universalistas, por diferentes malentendidos y razones históricas muchas izquierdas han terminado por apelar de manera lamentable, como instrumento proselitista, al antiguo mecanismo de la pertenencia, de eficacia mucho más inmediata que el adoctrinamiento ideológico, al menos ante masas ignorantes y carentes de autoestima.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Dialéctica


Dejando de lado el abuso marxista de este concepto, creo que es importante examinarlo  desde una perspectiva filosófica “neutral” (para el marxismo, claro, la neutralidad  no existe sino como un recurso de defensa ideológica, lo que explica el dogmatismo y falta de sentido del absurdo de cualquier marxista).

El concepto es importante porque está en el núcleo de todo proceso de pensamiento. “Pensar” se relaciona con el latín “pendere”, colgar los pesos en una balanza, idea que sirve de metáfora para la operación intelectual de comparar puntos de vista en torno a un tema, y la dialéctica es, efectivamente, la contraposición de posibilidades relativas a un asunto. Cuando hablamos de la argumentación como la actividad discursiva consistente en “dar razones” la consideramos en tres dimensiones: la lógica, como la estructura del discurso individual que desarrolla una sola posición (y cuyo valor central es la coherencia); la retórica, que se refiere a los recursos de presentación de cada posición (por ejemplo, la selección del lenguaje, las estrategias pedagógicas o diplomáticas que aseguren la aceptación y la comprensión por parte del interlocutor); y la dialéctica, esto es, el contexto de en el que concurren los puntos de vista que necesitan ser examinados y en el que puede producirse como decantado una posición fundamentada, argumentada. Hegel tenía razón al advertir la importancia de la dialéctica como momento activo del espíritu, el momento en que los conflictos confrontados por la razón en la realidad se convierten en contraste de ideas, en un problema a resolver por la inteligencia. Filosofar es dirigir la atención sobre algo que, obviamente, no se manifiesta inmediatamente como estructura coherente y que, por tanto puede ser considerado de diversas maneras antes de discernir (metáfora del tamiz o cedazo) su esencia. Otra metáfora (y que muestra muy bien la utilidad de las metáforas en las exploraciones filosóficas) es la que reside en el término cogitare, co-agitar las posibilidades buscando una solución o conclusión.

Hay que notar que, en primer lugar, la dialéctica es la coexistencia puramente abstracta de las variantes lógicas en torno al problema, es decir, no implica necesariamente una controversia real encarnada por actores. En este sentido, en torno a cualquier tesis podríamos distinguir tres actitudes: la mera duda, la contradicción (o negación) y el planteamiento de una tesis alternativa. En todas ellas es necesario gestionar razones: en el primer caso para apoyar la tesis; en el segundo, para apoyar su negación; y en el tercero, más complejo, para averiguar si las tesis en competencia son contradictorias o complementarias (Vaz Ferreira destacó la confusión entre ambas como el vicio “psico-lógico” de la falsa oposición).

En segundo lugar, la dialéctica es también una relación entre personas y roles: expertos,  autoridades, jueces, responsables, los que saben, los que tienen poder, los que deciden, los que han de afrontar las consecuencias de lo que se decide, etc. Digamos que si la anterior era la circunstancia lógica, esta es la “circunstancia práctica” de la dialéctica, en la que el intercambio de argumentos se beneficia del establecimiento de ciertas pautas. Muchos espacios de debate cuentan con normas estrictas (como los procesos judiciales) mientras que otros se orientan apenas por la cortesía o el huidizo “sentido común”. Se trata, en todo caso, de un intento de coordinar las intervenciones de los interlocutores de la manera más cooperativa posible para evitar que el contraste de las mencionadas “posibilidades lógicas” se convierta en conflicto personal (de hecho, se espera que el debate funcione como un dispositivo para transformar el conflicto real en dialéctica, y no al revés).

A la luz de lo anterior, los “debates” que a menudo se presentan en la política o en los medios se revelan como algo distinto a un contraste dialéctico. Con frecuencia se trata de exhibiciones personales, de formas indirectas de difamación o de simples maniobras sobre el sentir público.

La “comunicación”, acerca de la que tanto se teoriza, parece dedicarse sobre todo a la manipulación, lo cual es, en gran medida, deliberado, pero cabe pensar que hay también buenas voluntades que podrían cambiar un poco las cosas si sólo se hicieran conscientes de la necesidad de una dialéctica productiva.

jueves, 13 de abril de 2017

Credibilidad, ingenuidad y espíritu científico

Según algunos autores, la relación entre la credibilidad de una fuente y la argumentación se expresa en el hecho de que, a mayor credibilidad, menos disposición a contraargumentar. Entre menos creíble sea la fuente, más “en guardia” estará el auditorio contra ella y más pronto a “pedir explicaciones”. Ahora bien, en ese enfoque está implícita la posibilidad de que el auditorio sea capaz de contraargumentar, esto es, tenga los conocimientos necesarios para entender los argumentos que se le presentan y poder así refutarlos o apoyarlos.

Pero credibilidad no implica siempre comunidad de conocimiento entre el proponente y su auditorio, antes bien, podríamos considerar la hipótesis contraria. La credibilidad es una cualidad de la fuente, no del discurso, y sólo puede ser relevante para quienes, por alguna razón, no pueden valerse por sí mismos en la evaluación de éste. Esta aceptación acrítica ocurre cuando el oyente no es desde su posición capaz de entender las razones que se le dan para que acepte una determinada tesis , pues estas razones no corresponden a su campo de conocimiento y el esfuerzo por entenderlas rebasaría sus disposiciones. Así sucede con el creyente que no capta razones teológicas, el paciente que no entiende razones médicas o el cliente del taller que no comprende razones mecánicas; casos no homologables al del estudiante de teología, de medicina o de mecánica, quiénes quizá no entiendan determinados asuntos en ciertas fases de su proceso de formación , pero se supone que lleguen a entenderlos. Cabe preguntarse, en este sentido, por el modo en que se constituyen las autoridades a través de los actos y actitudes de los participantes en el proceso de su constitución. La Iglesia en un tiempo, y hoy en día la ciencia, han funcionado como productoras de un sistema discursivo justificador de muchas de las verdades que afectan al hombre corriente, quien las acepta sobre la base del solo prestigio de sus fuentes.

Más interesante es quizás el caso en el que el auditorio es capaz de reconocer el lenguaje del argumentador y dar por buenas las premisas que se ofrecen en apoyo de determinadas tesis, pero no es capaz de desentrañar el auténtico sentido de aquéllas. Es un ritual de aceptación dogmática de la doctrina. Y no se trata del caso en el que se comparten principios que se saben indemostrables, como axiomas, sino de la adopción de unos usos lingüísticos en los que se permite la “argumentación” en un sentido puramente positivo, consintiendo el análisis sólo a condición de que sus resultados acumulen nuevas proposiciones al arsenal verbal , pero evitando la solución de ambigüedades y la aclaración de términos, operaciones que tenderían a restringir la movilidad dialéctica de los usuarios.

Es quizás en este punto donde el espíritu científico diverge del político o el metafísico. El político no quiere que su discurso le cierre puertas o lo comprometa innecesariamente (y le vienen bien los beneficios de las apelaciones emotivas que en él puedan contenerse). El metafísico no quiere renunciar al carácter sugerente o al valor retórico de algunas de sus formulaciones, cuyo poder parece residir en su vaguedad metafórica o, a veces, en su resuelta ininteligibilidad. La precisión a la que se obliga la ciencia constituye sin duda un aspecto básico del “criterio de demarcación”. Y constituye en general el rasgo esencial de toda investigación o reflexión honestas.

viernes, 9 de diciembre de 2016

Crítica y certeza

Es seguro que la mayor parte de los miembros de ese colectivo llamado “opinión pública” tienen nociones  no muy elaboradas acerca de muchas cosas, aunque adhieran a ellas con convicción total. Una opinión, en su fase más primitiva, puede no pasar de ser una simple proposición en la que se toma partido ante un dilema: se está a favor o en contra de algo, pena de muerte, aborto, toros, un proyecto de ley o una figura pública. En relación con el sujeto que emite una opinión particular (entendida como una proposición simple) pueden destacarse entonces dos aspectos: la calidad de su argumentación y el grado de su adhesión a dicha opinión. Por calidad de argumentación me refiero a la disposición o capacidad que tiene el sujeto para ofrecer razones aceptables (es decir, verdaderas, relevantes y suficientes) en favor de lo que opina. Por adhesión, me refiero a algo que intuitivamente parece bastante claro pero que en realidad es más complicado, de momento digamos que la adhesión se verifica  de dos maneras: en la disposición que tiene el sujeto para actuar de acuerdo con esa opinión, o en su mayor o menor resistencia a cambiarla. (1)

Es interesante notar que no hay una proporción directa entre calidad de argumentación y grado de convicción, no sólo porque evidentemente el mundo está lleno de palurdos dispuestos a matar por ideas que no entienden, sino también porque un alto grado de “argumentatividad” a veces debilita la adhesión, pues la exploración concienzuda del tema puede revelar que las cosas son menos claras de lo que parecían. El proceso tiene un aspecto hegeliano: en una primera fase, ingenua, hay claridad y convicción; en una segunda fase, crítica, surgen la confusión y la duda; finalmente, se alcanzaría una nueva claridad en la que lo que parecía simple se ha representado en su complejidad (esta tercera fase podrá, eventualmente, ser sometida a crítica y dar lugar a un nuevo proceso). (2)

Parece obvio que la crítica es necesaria en todos los niveles de la comunicación. Sin embargo existen fuerzas psicológicas y políticas que operan en contra de la buena argumentación y de la argumentación en general. Hay convicciones que no se quiere poner en duda, por ejemplo cuando uno ha basado toda una vida en ellas. Hay temas de los que no se habla, por vergüenza o por temor. Hay gente a la que se odia tanto que no se quiere compartir con ellas ni siquiera las verdades. También existe el mecanismo psicológico de defensa conocido como “racionalización”, consistente en dar explicaciones plausibles para conductas que a primera vista se consideran negativos. Algunos grupos tienen un arsenal de recursos anti-argumentativos: dogmas indiscutibles, temas tabú, explicaciones doctrinarias, lenguaje o temática incomprensible, ataques ad hominem para quien plantea dudas o pide demasiadas explicaciones, etc. Son medios de defensa ante la amenaza que la crítica supone tanto para el discurso como para las realidades que puedan haberse construido sobre él. 

La política tiene su propia historia en materia de crear obstáculos a la crítica. Dos capítulos principales de esa historia se relacionan con el fascismo y el comunismo. El fascismo rechaza la democracia por titubeante, pues en ella todo debe discutirse antes de tomar una decisión y nunca quedan todos conformes. La solución se encuentra, según los fascistas, en el líder que decide con un consejo de leales y trasmite la decisión al cuerpo organizado de la nación (organizado por el sindicato, el partido, el ejército, etc.) El comunismo, en cambio, pretende apoyarse en una verdad “científica”, lo que convierte cualquier pensamiento alternativo en "ideología". La ideología es a los grupos sociales lo que el mecanismo de racionalización es al individuo: las ideas políticas del no comunista son su manera de disfrazar y disfrazarse sus intereses de clase haciéndolos pasar por intereses generales. En consecuencia, el comunista rechaza lo que los demás entienden como democracias calificándolas de “burguesas”, esto es, como meras puestas en escena que sirven para legitimar unas determinadas relaciones sociales, políticas y económicas..

Parece entonces que la certeza y la crítica son valores sociales antitéticos. Los grupos particulares prefieren la certeza, que ayuda a cerrar filas; la crítica parte de la duda y por lo tanto se abre a la argumentación y al contraste con otras opiniones, lo que puede ser enriquecedor, pero destruye las premisas que fundaban la posición particular. Las doctrinas de los grupos particulares se extienden entonces por transmisión "memética" de sus dogmas, mientras que la argumentación no se limita a la reproducción de una idea sino que crece en comprensión, en la medida que es capaz de asimilar lógicamente nuevos puntos de vista.

Pero lo que parece contradictorio en el concepto resulta ser complementario en la realidad, y así nos vemos conducidos más allá de la lógica y la dialéctica a un asunto en el que la razón se superpone a la ética y es el de nuestra responsabilidad (individual, claro) ante los paradigmas en y entre los que vivimos. ¿En qué punto podemos llamar irracional al que sigue defendiendo una posición contra todas las objeciones? ¿Y cuándo resulta prematuro o frívolo abandonar un paradigma por sólo algunos argumentos desfavorables? He aquí un dilema dirigido a nuestra prudencia.



(1) El tema es complejo porque aunque el criterio más seguro parece ser el de tomar en cuenta las acciones observables la adhesión o convicción es ante todo una disposición subjetiva que se manifiesta también en lo que se declara y en el modo en que se declara. El problema está en que con mucha frecuencia los individuos, a la hora de actuar, pueden no tener el mismo ánimo que demuestran al manifestar sus opiniones (“del dicho al hecho…”) Sin embargo, cabe diferenciar la convicción intelectual del valor para actuar: que alguien no se atreva a hacer lo que cree no quiere decir que haya dejado de creerlo.
(2) El “sólo sé que no sé nada” de Sócrates o la duda metódica de Descartes expresan esta desconfianza de las convicciones simples y la necesidad de la crítica



sábado, 29 de octubre de 2016

Más aforismos


Nuestro sentido de la realidad depende totalmente de nuestra capacidad de atender a otros puntos de vista.

Hay discursos cuya verdadera finalidad es la satisfacción psicológica del que lo enuncia.
 
El balance perfecto de la miseria política se da cuando la derecha no cree en la justicia y la izquierda no cree en la ley.

El nacionalismo demanda un privilegio arbitrario que se opone al principio de solidaridad entre las personas.

Las emociones son básicas y tienden a conservar al individuo. Los sentimientos, más complejos, sirven para conservar al grupo.

El "pueblo" no es sabio; una masa sólo puede expresarse coreando estribillos.

El volumen de cada ocupante representa el 0,7% del volumen del coche. Esto aclara cualquier duda sobre nuestra inteligencia tecnológica.

La existencia de Dios no sería argumento para obedecerle. La razón nos hace potencialmente insumisos.

En democracia la ley es y se percibe como garantía de convivencia. En las pseudo-democracias, en cambio, se la considera instrumento de un poder ajeno.

Tres pasos en la labor del demagogo: 1) Reunir un grupo de ignorantes, 2) Atribuirles virtudes imaginarias, 3) Proponerles un enemigo.

Las viejas tradiciones tienen una tendencia natural a extinguirse. Sólo las reanima el ataque de los necios.

Nada nos expone tanto a lo falso como lo habitual, lo tradicional o lo popular.

Las emociones no prueban absolutamente nada respecto a los hechos que las ocasionan.

Nuestro mundo es una interpretación compartida y corregible. Una interpretación individual y cerrada equivale a la locura.

Hay discusiones en las que lo único inteligible es el odio.

Los románticos inventaron el "pueblo", pero evidentemente no creían en él, sólo jugaban con una idea.

En contra de lo que quieren hacer creer los demagogos, un agregado de individuos ignorantes no produce un colectivo sabio.

En la organización de los estados, lo único más peligroso que los políticos es la noción de "pueblo".

Paradójicamente, para que un discurso sea radical es necesario que sea superficial.

En un país polarizado, es raro que unos tengan razón y otros no. Lo más probable es que estén todos dominados por el odio y la insensatez.

Consultar a las masas en asuntos delicados no es democracia, es nihilismo.

Humanismo: pensar el mundo y las personas como fines y no como medios.

La verdad debe buscarse. La mentira, en cambio, nos busca a 
nosotros.

Primero observamos, luego interpretamos y, por fin, razonamos. Tres momentos en que podemos equivocarnos.

Lo que nos constituye como seres humanos son los tres valores no ligados a lo material: verdad, bondad y belleza.

Hemos ido formando nuestras opiniones de modo casual a través de los años. Es natural que estemos llenos de contradicciones.

El odio es un mecanismo animal que nos protege negando al otro. El amor, en cambio, nos expone, pero nos convierte en seres humanos.

Máxima para la tolerancia: Mi sensibilidad no es la medida de todas las cosas. 

El que necesita odiar, siempre encontrará motivos y enemigos.