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La dialéctica

La cantidad y variedad de opiniones extravagantes que han proliferado a propósito de la pandemia nos lleva a preguntarnos qué clase de proceso mental está detrás de ellas. Uno puede conformarse con el dictamen pesimista de que la gente es idiota, pero esto tampoco ayuda mucho y, en general, no es verdad.

No se trata de lo que la gente es, sino de lo que hace. O de lo que no hace. Normalmente, cuando decimos idioteces es porque no hemos pensado antes de hablar. Y pensar bien requiere una elaboración más o menos cuidadosa de información e ideas que, desde luego, exige más tiempo que la pura reacción emocional ante las cosas.

Esa elaboración toma siempre forma de diálogo, incluso en la reflexión individual. “Pensar” se relaciona con el latín “pendere”, colgar los pesos en una balanza, idea que sirve de metáfora para la operación intelectual de comparar puntos de vista en torno a un tema. Y la dialéctica es, efectivamente, la contraposición de posibilidades relativas a un asunto: hacemos dialogar las opciones.

Pero entre personas la dialéctica funciona si la interacción es racional y los interlocutores (supongamos dos) han pensado el problema y atienden a las intervenciones del otro tratando de encontrar una posición común. Por lo tanto, es tan importante la capacidad de razonar como la voluntad de entenderse.

No parece que quienes defienden las ocurrencias a las que me refería antes se hayan tomado el trabajo de pensar o analizar nada y, desde luego, tampoco parecen interesados en ningún diálogo o proceso de discernimiento colectivo, por lo que no ofrecen argumentos y no escuchan objeciones; les basta con manifestarse de la manera más ruidosa posible.

Tenemos derecho a no interesarnos por ciertos asuntos y a no informarnos sobre ellos, pero, en ese caso, debemos tener la sensatez de suspender el juicio, o de presentarlo con la advertencia de que nuestro modesto parecer es desinformado, elemental y provisorio.










Certeza y crítica

La certeza (la seguridad subjetiva acerca de una opinión) y la crítica (el examen analítico de una opinión) parecen ser actitudes sociales antitéticas. Los grupos particulares prefieren la certeza, porque ayuda a cerrar filas y a funcionar (a tomar decisiones y ponerlas en marcha). En cambio, la crítica parte de la duda y, por lo tanto, detiene el funcionamiento de la posición particular (mientras se confirma la validez de lo que se critica, se corrige lo corregible o, en el peor de los casos, se tiene que refundar el proyecto). 

Los grupos particulares ignoran la crítica externa a sus doctrinas y controlan las críticas internas. Prefieren extenderse por transmisión repetitiva de sus dogmas. 

La argumentación no se limita a la reproducción de una idea sino que tiende a una mayor comprensión, en la medida que es capaz de asimilar lógicamente nuevos puntos de vista.

Pero lo que parece contradictorio en el concepto resulta ser complementario en la realidad, y así nos vemos conducidos más allá de la lógica y la dialéctica a un asunto en el que la razón se superpone a la ética y es el de nuestra responsabilidad (individual, claro) ante los paradigmas en y entre los que vivimos. ¿En qué punto podemos llamar irracional al que sigue defendiendo una posición contra todas las objeciones? ¿Y cuándo resulta prematuro o frívolo abandonar un paradigma por sólo algunos argumentos desfavorables? He aquí un dilema dirigido a nuestra prudencia.




Más sobre la perspectiva lógica


La idea básica en la que se funda la crítica lógica del lenguaje es que para controlar la calidad de las comunicaciones verbales que empleamos para describir el mundo (aquellas que calificamos como verdaderas o falsas) necesitamos atenernos a varios tipos de reglas: 1) reglas gramaticales, que estipulan cómo organizar los símbolos verbales (palabras) para producir fórmulas válidas (oraciones del castellano, en nuestro caso); 2) reglas epistémicas, que señalan el modo de comprobar directamente que una oración es una proposición verdadera (describe adecuadamente un estado del mundo); 3) reglas lógicas, que determinan a- el modo de organizar los componentes lógicos de la proposición y, b- el modo de de inferir unas proposiciones de otras (pues no todas las proposiciones basan su verdad en reglas epistémicas).

Para la mayoría de las lenguas, las reglas gramaticales  han sido estudiadas desde antiguo, y no suele haber demasiados problemas para reconocer las oraciones legítimas de cada idioma. Una mala construcción gramatical es fácil de reconocer incluso por usuarios del lenguaje que no conocen reflexivamente las reglas, y puede hacer que aquello que se ha dicho o escrito mal sea completamente ininteligible.  En cuanto a las reglas epistémicas -relativas al conocimiento en general-, estas han sido objeto de discusión filosófica al menos desde Platón y han tendido a ser absorbidas modernamente por reglas epistemológicas -relativas al conocimiento científico-, pero su status sigue siendo filosófico: aún tenemos distintas teorías de la verdad. Las reglas lógicas, por su parte, son las que, a partir de Frege, se entienden como problema esencial del lenguaje -y, por tanto, problema previo de toda discusión filosófica.

La relevancia de la perspectiva lógica se ve mejor cuando se entiende la relación del concepto de teoría con cualquier discurso. Una teoría consiste en una serie de términos que sirven para construir proposiciones básicas y en una serie de reglas que sirven para derivar nuevas proposiciones a partir de las anteriores. Las proposiciones básicas suelen llamarse axiomas, y las derivadas, teoremas. Los problemas científicos se plantean como teoremas que deben ser demostrados, es decir, como proposiciones que se suponen consistentes con la teoría y, por tanto, deberían estar conectadas con los axiomas por una cadena de inferencias. A veces, la imposibilidad de conectar la proposición problemática con la teoría de referencia lleva a proponer una nueva teoría. 

La esencia de la actitud filosófica es tratar los problemas como si necesitaran una teoría. Nuestra vida como usuarios del lenguaje y del conocimiento se mueve en el horizonte de la teoría, esto es, nos conducimos con toda clase de supuestos cuya raíz lógica no hemos aclarado. Nuestras opiniones políticas, morales o religiosas no siempre son principios y rara vez somos capaces de “explicarlas” como inferidas a partir de principios. Las sostenemos por costumbre, porque las hemos heredado, porque nos procuran más amigos que otras opiniones, etc. Se adaptan bien a nuestras necesidades psicológicas y prácticas, en el sentido de que no generan demasiado conflicto, y por tanto no reflexionamos sobre ellas. Empezamos a hacer filosofía cuando intentamos reconstruir la trama lógica que permitiría presentar nuestra opinión ingenua como parte de un discurso articulado.





Textos sobre argumentación: Argumentum ad Populum

El argumento ad populum consiste en la defensa de una tesis sobre la base de la opinión de una pluralidad de individuos. Digo "pluralidad" con la intención de abarcar las dos formas típicas del argumento: la apelación a la opinión de muchos (según la cual una opinión sostenida por mucha gente no puede ser falsa) y la apelación a la opinión de un grupo (por ejemplo, la apelación al patriotismo). La diferencia entre ambas está en el elemento emocional presente en la segunda forma: el que opina contra el grupo no solo se expone a equivocarse sino también a ser reprobado por el grupo. En la primera variante no hay necesariamente un grupo ni un valor de pertenencia. A continuación comparto algunos textos sobre el tema.


Cualquier argumento basado en una opinión generalmente aceptada queda cubierto por esta categoría más amplia [argumentum ad populum], incluyendo argumentos basados en encuestas de opinión pública y argumentos basados en el conocimiento común. Sin embargo, hay un subtipo especial que evoca específicamente argumentos de apelación a la masa [mob appeal] o argumentos dirigidos al entusiasmo de la multitud. (Walton, Media Argumentation. Dialectic, Persuasion and Rhetoric, 2007, pág. 92 

En lugar de presentar argumentos para el punto de vista en discusión, el argumentum ad populum apela a las emociones, sentimientos o prejuicios del “público general.” […] En el caso de la falacia populista [populistic fallacy] es la cantidad de personas que sostienen un punto de vista, brevemente, el número de personas que creen en algo lo que se usa como argumento para sostener el punto de vista: algo es el caso porque todo el mundo lo cree así. (Van Eemeren, F.; Garssen, B.; Meuffels, B., 2009, págs. 182-183) 
La “apelación a la gente” [appeal to the people] se refiere a intentos falaces de justificar una afirmación sobre la base de su supuesta popularidad. El hecho de que muchos miembros de un grupo dado tengan alguna creencia se ofrece como evidencia de que esta creencia es verdad. La identidad de clase, nacional, religiosa o profesional se pone en lugar de la evidencia que debería ser genuinamente relevante para la verdad de la afirmación.  (Toulmin, Rieke, & Janik, 1984, pág. 146)

Cuando se argumenta ad populum interesa poco si son verdaderas las premisas seleccionadas. La cuestión es más bien si las premisas son plausibles para la audiencia y serán aceptadas, si es posible entusiásticamente, por dicha audiencia.  (Tindale, Acts of Arguing: A Rhetorical Model to Argument, 1999)

Esta falacia ha sido descrita de manera diversa como “dirigir una apelación emocional a las masas”, “intentar ganar el favor popular agitando emociones en lugar de apelar a los hechos relevantes” y “intentar crear el efecto del carro del vencedor [bandwagon effect]”. Debemos considerar la apelación a las emociones como un tipo separado de falacia y definir el Argumentum ad Populum como uno en el que: Somos llevados a aceptar un afirmación A sólo porque mucha gente acepta A, razón que no es decisivamente relevante para la verdad o corrección de A. (Dauer, 1989, págs. 79-80)

La manipulación de las emociones de la audiencia busca explotar sus prejuicios, los que no son directamente relevantes al punto de vista defendido, en vez de abocarse a defenderlo partiendo de premisas mutuamente acordadas por los participantes de la discusión. En este caso, el pathos toma el lugar del logos. Por esta razón, a veces estas (…) son llamadas falacias patéticas” (Van Eemeren, F. y Grootendorst, R., 2002, pág. 153)


Breve comentario sobre "desacuerdos profundos"

El ideal lógico, como se ha dicho, abstrae dimensiones importantes del discurso. Una de ellas es la función de la identidad: buena parte de nuestros ejercicios de comunicación no son una búsqueda desinteresada de la verdad (en la que cada una de las partes pone en juego lo mejor de sus recursos racionales y de sus facultades expresivas) sino una reafirmación personal. Y esta reafirmación no es puramente individual sino, ante todo, social. Los individuos suelen adquirir su valores en su formación como miembros de un grupo, por lo que la forma más habitual de reafirmación se apoya en la pertenencia, no en la estricta individualidad (aquí se entiende bien la protesta de Nietzsche contra cualquier moral "de rebaño").

No es solo que aprendamos los lenguajes dialogando y luego los usemos para nuestros propósitos individuales. Esto describiría la situación en nuestra cultura hasta cierto punto. Se espera de nosotros que desarrollemos nuestras propias opiniones, puntos de vista, posiciones, hasta cierto punto mediante la reflexión solitaria. Pero no es así como funcionan las cosas respecto a ciertos temas importantes, tales como la definición de nuestra identidad. Ésta siempre la definimos en diálogo con, a veces en lucha contra, las identidades que nuestros otros significativos [significant others] quieren reconocer en nosotros. Y aún cuando hayamos ido más allá [outgrow] de algunos de ellos –nuestros padres, por ejemplo- y aunque desaparezcan de nuestras vidas, la conversación con ellos continúa a lo largo de nuestra existencia (Taylor, The ethics of authenticity, 2003, pág. 33).

¿Qué clase de comunicación se establece entre individuos que pertenecen a grupos diferentes? Si priva una ética de la reafirmación, es probable que los interlocutores no intenten avanzar por un proceso de argumentación que iría en el sentido de relativizar las posiciones de origen -en la medida en que para funcionar la comunicación tendría que buscarse un acuerdo que, a su vez, necesitaría una base común, más universal y, por lo tanto, potencialmente crítica.

Tenemos una clase muy diferente de desacuerdo cuando este surge de un choque entre principios subyacentes. Bajo estas circunstancias, puede ser que las partes que discuten no estén sesgadas, no tengan prejuicios, sean consistentes, coherentes, precisas y rigurosas, y aún así estén en desacuerdo. Y en desacuerdo profundo, no sólo marginal. Ahora, cuando yo hablo de principios subyacentes pienso en lo que otros (Putnam) han llamado proposiciones estructurales [framework propositions] o lo que Wittgenstein tendía a llamar 'reglas'. Tenemos un desacuerdo profundo cuando la discusión se genera por un choque entre proposiciones estructurales (Fogelin, "The Logic of Deep Disagreements", Informal Logic, 1985, pág. 5).


La noción de los desacuerdos profundos plantea dos problemas. Uno, independiente, es el de lo que podemos llamar la regla dialéctica de suspensión del diálogo. Hay muchas buenas razones para no seguir adelante con ciertas discusiones; el hallazgo de un "desacuerdo profundo" sería una. El otro problema es: ¿cómo sabemos que estamos ante un desacuerdo profundo y no estamos simplemente "tirando la toalla" en mitad de la discusión? Habría que ver en qué tipo de discurso tiene sentido la denominación de "proposiciones estructurales", pero es probable que ningún argumentador, por inteligente que sea, pueda decir que tales o cuales de sus afirmaciones son proposiciones estructurales sin que merezca ser tildado de dogmático o arbitrario.


La perspectiva lógica de la filosofía


El programa filosófico del positivismo lógico es, sin duda, radical. Según él, las condiciones del discurso con sentido son muy claras: definición de los conceptos y corrección lógico-sintáctica de las proposiciones. Un concepto se define por un conjunto de rasgos que permiten decidir en qué casos singulares se aplica y en qué casos no. A su vez, una proposición sólo tendrá sentido si respeta unas pautas lógicas (por ejemplo, la correspondencia entre tipos de sujetos y tipos de predicados: una persona puede ser honesta y un número puede ser impar, pero predicar honestidad de un número o decir que una persona es par no tiene sentido) y si es verificable, esto es, si hay modo de determinar su verdad o falsedad. Toda proposición con sentido remite en última instancia a proposiciones que se refieren directamente a propiedades observables. Si decimos que París es la capital de Francia, debemos tener claro el concepto de “capital”, debemos constatar que los objetos “París” y “Francia” corresponden a tipos lógicos que pueden ser relacionados de ese modo y, en última instancia, debe haber la posibilidad de derivar esta proposición de proposiciones observacionales, por ejemplo, acerca de ciertos documentos en los que se declara esa relación de capitalidad.

El discurso de la ciencia procede precisamente de ese modo. Y no existiría, siempre según el positivismo lógico, ninguna otra forma lícita de hablar acerca del mundo. La filosofía, por tanto, no puede pretender decir algo acerca de la realidad. Es un error pensar que la ciencia y la filosofía se ocupan de dos planos distintos de la realidad; la ciencia de lo físico e inmediato y la filosofía de una dimensión más general -que es lo que sugeriría con la noción de ‘meta-física’. ‘Positivismo’ significa precisamente eso: atenerse a los hechos inmediatos. Más allá de los hechos inmediatos sólo puede haber una construcción lógica, una teoría que puede referirse a observaciones, pero no un discurso alternativo exento de esa obligación. Porque, después de todo ¿de qué nos sirven afirmaciones cuya verdad o falsedad no podemos comprobar? El único papel posible para la filosofía es entonces la crítica lógica, la revisión de las condiciones en que se construye el discurso con sentido.

Aunque esta perspectiva sería superada como demasiado simplista y primitiva, no sólo por la filosofía del lenguaje sino también por la filosofía de la ciencia, contribuiría a formar un nuevo espíritu según el cual filosofar consiste en analizar las condiciones discursivas y lógicas de ciertos problemas. Como resultado de ello la filosofía se ha acercado de manera útil a otras disciplinas: tenemos una ‘filosofía de la mente’ o una ‘bioética’ que se comunican estrechamente con la biología, o una filosofía política que trabaja en contacto con las ciencias sociales. Gracias a ello el panorama de archipiélago que caracteriza a la filosofía desde los presocráticos, y que convierte la obra de cada autor individual en un universo único, se ha transformado, al menos en ciertas áreas, en un diálogo abierto cuya finalidad es la elaboración de un discurso común.

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La idea básica en la que se funda la crítica lógica del lenguaje es que para controlar la calidad de las comunicaciones verbales que empleamos para describir el mundo (aquellas que calificamos como verdaderas o falsas) necesitamos atenernos a varios tipos de reglas: 1) reglas gramaticales, que estipulan cómo organizar los símbolos verbales (palabras) para producir fórmulas válidas (oraciones del castellano, en nuestro caso); 2) reglas epistémicas, que señalan el modo de comprobar directamente que una oración es una proposición verdadera (describe adecuadamente un estado del mundo); 3) reglas lógicas, que determinan a- el modo de organizar los componentes lógicos de la proposición y, b- el modo de de inferir unas proposiciones de otras (pues no todas las proposiciones basan su verdad en reglas epistémicas).

Para la mayoría de las lenguas, las reglas gramaticales  han sido estudiadas desde antiguo, y no suele haber demasiados problemas para reconocer las oraciones legítimas de cada idioma. Una mala construcción gramatical es fácil de reconocer incluso por usuarios del lenguaje que no conocen reflexivamente las reglas, y puede hacer que aquello que se ha dicho o escrito mal sea completamente ininteligible.  En cuanto a las reglas epistémicas -relativas al conocimiento en general-, estas han sido objeto de discusión filosófica al menos desde Platón y han tendido a ser absorbidas modernamente por reglas epistemológicas -relativas al conocimiento científico-, pero su status sigue siendo filosófico: aún tenemos distintas teorías de la verdad. Las reglas lógicas, por su parte, son las que, a partir de Frege, se entienden como problema esencial del lenguaje -y, por tanto, problema previo de toda discusión filosófica.

La relevancia de la perspectiva lógica se ve mejor cuando se entiende la relación del concepto de teoría con cualquier discurso. Una teoría consiste en una serie de términos que sirven para construir proposiciones básicas y en una serie de reglas que sirven para derivar nuevas proposiciones a partir de las anteriores. Las proposiciones básicas suelen llamarse axiomas, y las derivadas, teoremas. Los problemas científicos se plantean como teoremas que deben ser demostrados, es decir, como proposiciones que se suponen consistentes con la teoría y, por tanto, deberían estar conectadas con los axiomas por una cadena de inferencias. A veces, la imposibilidad de conectar la proposición problemática con la teoría de referencia lleva a proponer una nueva teoría. 

La esencia de la actitud filosófica es tratar los problemas como si necesitaran una teoría. Nuestra vida como usuarios del lenguaje y del conocimiento se mueve en el plano de lo teoremático, esto es, nos conducimos con toda clase de supuestos cuya raíz lógica no hemos aclarado. Nuestras opiniones políticas, morales o religiosas no siempre son principios y rara vez somos capaces de “explicarlas” como inferidas a partir de principios. Las sostenemos por costumbre, porque las hemos heredado, porque nos procuran más amigos que otras opiniones, etc. Se adaptan bien a nuestras necesidades psicológicas y prácticas, en el sentido de que no generan demasiado conflicto, y por tanto no reflexionamos sobre ellas. Empezamos a hacer filosofía cuando intentamos reconstruir la trama lógica que permitiría presentar nuestra opinión ingenua como parte de un discurso articulado.



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