viernes, 9 de diciembre de 2016

Crítica y certeza

Es seguro que la mayor parte de los miembros de ese colectivo llamado “opinión pública” tienen nociones  no muy elaboradas acerca de muchas cosas, aunque adhieran a ellas con convicción total. Una opinión, en su fase más primitiva, puede no pasar de ser una simple proposición en la que se toma partido ante un dilema: se está a favor o en contra de algo, pena de muerte, aborto, toros, un proyecto de ley o una figura pública. En relación con el sujeto que emite una opinión particular (entendida como una proposición simple) pueden destacarse entonces dos aspectos: la calidad de su argumentación y el grado de su adhesión a dicha opinión. Por calidad de argumentación me refiero a la disposición o capacidad que tiene el sujeto para ofrecer razones aceptables (es decir, verdaderas, relevantes y suficientes) en favor de lo que opina. Por adhesión, me refiero a algo que intuitivamente parece bastante claro pero que en realidad es más complicado, de momento digamos que la adhesión se verifica  de dos maneras: en la disposición que tiene el sujeto para actuar de acuerdo con esa opinión, o en su mayor o menor resistencia a cambiarla. (1)

Es interesante notar que no hay una proporción directa entre calidad de argumentación y grado de convicción, no sólo porque evidentemente el mundo está lleno de palurdos dispuestos a matar por ideas que no entienden, sino también porque un alto grado de “argumentatividad” a veces debilita la adhesión, pues la exploración concienzuda del tema puede revelar que las cosas son menos claras de lo que parecían. El proceso tiene un aspecto hegeliano: en una primera fase, ingenua, hay claridad y convicción; en una segunda fase, crítica, surgen la confusión y la duda; finalmente, se alcanzaría una nueva claridad en la que lo que parecía simple se ha representado en su complejidad (esta tercera fase podrá, eventualmente, ser sometida a crítica y dar lugar a un nuevo proceso). (2)

Parece obvio que la crítica es necesaria en todos los niveles de la comunicación. Sin embargo existen fuerzas psicológicas y políticas que operan en contra de la buena argumentación y de la argumentación en general. Hay convicciones que no se quiere poner en duda, por ejemplo cuando uno ha basado toda una vida en ellas. Hay temas de los que no se habla, por vergüenza o por temor. Hay gente a la que se odia tanto que no se quiere compartir con ellas ni siquiera las verdades. También existe el mecanismo psicológico de defensa conocido como “racionalización”, consistente en dar explicaciones plausibles para conductas que a primera vista se consideran negativos. Algunos grupos tienen un arsenal de recursos anti-argumentativos: dogmas indiscutibles, temas tabú, explicaciones doctrinarias, lenguaje o temática incomprensible, ataques ad hominem para quien plantea dudas o pide demasiadas explicaciones, etc. Son medios de defensa ante la amenaza que la crítica supone tanto para el discurso como para las realidades que puedan haberse construido sobre él. 

La política tiene su propia historia en materia de crear obstáculos a la crítica. Dos capítulos principales de esa historia se relacionan con el fascismo y el comunismo. El fascismo rechaza la democracia por titubeante, pues en ella todo debe discutirse antes de tomar una decisión y nunca quedan todos conformes. La solución se encuentra, según los fascistas, en el líder que decide con un consejo de leales y trasmite la decisión al cuerpo organizado de la nación (organizado por el sindicato, el partido, el ejército, etc.) El comunismo, en cambio, pretende apoyarse en una verdad “científica”, lo que convierte cualquier pensamiento alternativo en "ideología". La ideología es a los grupos sociales lo que el mecanismo de racionalización es al individuo: las ideas políticas del no comunista son su manera de disfrazar y disfrazarse sus intereses de clase haciéndolos pasar por intereses generales. En consecuencia, el comunista rechaza lo que los demás entienden como democracias calificándolas de “burguesas”, esto es, como meras puestas en escena que sirven para legitimar unas determinadas relaciones sociales, políticas y económicas..

Parece entonces que la certeza y la crítica son valores sociales antitéticos. Los grupos particulares prefieren la certeza, que ayuda a cerrar filas; la crítica parte de la duda y por lo tanto se abre a la argumentación y al contraste con otras opiniones, lo que puede ser enriquecedor, pero destruye las premisas que fundaban la posición particular. Las doctrinas de los grupos particulares se extienden entonces por transmisión "memética" de sus dogmas, mientras que la argumentación no se limita a la reproducción de una idea sino que crece en comprensión, en la medida que es capaz de asimilar lógicamente nuevos puntos de vista.

Pero lo que parece contradictorio en el concepto resulta ser complementario en la realidad, y así nos vemos conducidos más allá de la lógica y la dialéctica a un asunto en el que la razón se superpone a la ética y es el de nuestra responsabilidad (individual, claro) ante los paradigmas en y entre los que vivimos. ¿En qué punto podemos llamar irracional al que sigue defendiendo una posición contra todas las objeciones? ¿Y cuándo resulta prematuro o frívolo abandonar un paradigma por sólo algunos argumentos desfavorables? He aquí un dilema dirigido a nuestra prudencia.



(1) El tema es complejo porque aunque el criterio más seguro parece ser el de tomar en cuenta las acciones observables la adhesión o convicción es ante todo una disposición subjetiva que se manifiesta también en lo que se declara y en el modo en que se declara. El problema está en que con mucha frecuencia los individuos, a la hora de actuar, pueden no tener el mismo ánimo que demuestran al manifestar sus opiniones (“del dicho al hecho…”) Sin embargo, cabe diferenciar la convicción intelectual del valor para actuar: que alguien no se atreva a hacer lo que cree no quiere decir que haya dejado de creerlo.
(2) El “sólo sé que no sé nada” de Sócrates o la duda metódica de Descartes expresan esta desconfianza de las convicciones simples y la necesidad de la crítica



sábado, 29 de octubre de 2016

Más aforismos


Nuestro sentido de la realidad depende totalmente de nuestra capacidad de atender a otros puntos de vista.

Hay discursos cuya verdadera finalidad es la satisfacción psicológica del que lo enuncia.
 
El balance perfecto de la miseria política se da cuando la derecha no cree en la justicia y la izquierda no cree en la ley.

El nacionalismo demanda un privilegio arbitrario que se opone al principio de solidaridad entre las personas.

Las emociones son básicas y tienden a conservar al individuo. Los sentimientos, más complejos, sirven para conservar al grupo.

El "pueblo" no es sabio; una masa sólo puede expresarse coreando estribillos.

El volumen de cada ocupante representa el 0,7% del volumen del coche. Esto aclara cualquier duda sobre nuestra inteligencia tecnológica.

La existencia de Dios no sería argumento para obedecerle. La razón nos hace potencialmente insumisos.

En democracia la ley es y se percibe como garantía de convivencia. En las pseudo-democracias, en cambio, se la considera instrumento de un poder ajeno.

Tres pasos en la labor del demagogo: 1) Reunir un grupo de ignorantes, 2) Atribuirles virtudes imaginarias, 3) Proponerles un enemigo.

Las viejas tradiciones tienen una tendencia natural a extinguirse. Sólo las reanima el ataque de los necios.

Nada nos expone tanto a lo falso como lo habitual, lo tradicional o lo popular.

Las emociones no prueban absolutamente nada respecto a los hechos que las ocasionan.

Nuestro mundo es una interpretación compartida y corregible. Una interpretación individual y cerrada equivale a la locura.

Hay discusiones en las que lo único inteligible es el odio.

Los románticos inventaron el "pueblo", pero evidentemente no creían en él, sólo jugaban con una idea.

En contra de lo que quieren hacer creer los demagogos, un agregado de individuos ignorantes no produce un colectivo sabio.

En la organización de los estados, lo único más peligroso que los políticos es la noción de "pueblo".

Paradójicamente, para que un discurso sea radical es necesario que sea superficial.

En un país polarizado, es raro que unos tengan razón y otros no. Lo más probable es que estén todos dominados por el odio y la insensatez.

Consultar a las masas en asuntos delicados no es democracia, es nihilismo.

Humanismo: pensar el mundo y las personas como fines y no como medios.

La verdad debe buscarse. La mentira, en cambio, nos busca a 
nosotros.

Primero observamos, luego interpretamos y, por fin, razonamos. Tres momentos en que podemos equivocarnos.

Lo que nos constituye como seres humanos son los tres valores no ligados a lo material: verdad, bondad y belleza.

Hemos ido formando nuestras opiniones de modo casual a través de los años. Es natural que estemos llenos de contradicciones.

El odio es un mecanismo animal que nos protege negando al otro. El amor, en cambio, nos expone, pero nos convierte en seres humanos.

Máxima para la tolerancia: Mi sensibilidad no es la medida de todas las cosas. 

El que necesita odiar, siempre encontrará motivos y enemigos.

domingo, 29 de mayo de 2016

Aforismos y tweets

Orden y cambio se necesitan. El puro cambio es imposible; el orden fijo es dictadura. La democracia es el orden dinámico

La misión de los políticos en democracia es conjugar racionalmente el orden con el cambio.

Hasta que no buscamos razones para ellas, nuestras creencias habituales deben ser consideradas como muy probablemente erróneas.

Los populistas inventan un ente metafísico (el pueblo), le atribuyen propiedades mágicas, y luego dan carnet de afiliado a los ingenuos.

Atribuir rasgos de un grupo a una persona que ni siquiera se reconoce miembro de él es un modo grave de difamación.

El espíritu de una cultura política degradada se parece al espíritu de las aficiones del fútbol: emoción y presión de grupo.

Las respuestas están en el diálogo, y el punto de partida, en nuestra condición humana común. Eso implica ser abiertos y no pelear por posiciones prescritas.

En política no se debate para traer al otro a nuestro bando, sino para que las cosas marchen a pesar de nuestras diferencias.

No podemos prohibir algo que es legal sólo porque no nos gusta. Debemos intentar convencer con nuestras razones.

En democracia, nuestra posición política nunca es determinante; sólo es más o menos influyente.

Es malo que no te escuchen cuando tienes razón, pero puede ser peor que te hagan caso cuando no la tienes.

La disposición de tu auditorio es clave. Una mala retórica puede hacer que te ignoren, aunque tengas razón.

La verdad se impone siempre a través de los hechos, nunca a través de las palabras.

El necio sólo reconoce la verdad en el choque violento con la realidad, no sabe leer advertencias.

Si el necio asocia la verdad con lo que se impone brutalmente, el único discurso que entiende es el vociferar del demagogo.

El estilo de la realidad es violento. El estilo violento de los discursos demagógicos da impresión de verdad a los necios.

La "verdad" de los hechos es poderosa, pero muda. Sólo la razón aclara qué pasó.

La razón convierte el conflicto concreto (físico, psicológico, etc.) en problema. Esto es, lo convierte en conflicto lógico.

La capacidad de llevar los conflictos a una forma discursiva es la base de la tolerancia.

Los políticos de la izquierda clásica podían moverse entre la teoría y la propaganda. Hoy el primer término no existe.

Una de las formas en que se degrada la política es consumiendo su propia propaganda.

Al individuo sumergido en una masa sólo se le propone reaccionar emocionalmente con los demás. En ese contexto no existe como ser de razón y es fácilmente instrumentalizado por los demagogos.

Si se quiere una democracia eficiente, debe evitarse a toda costa la formación de auditorios masivos.

Cuando buscamos razones para nuestras ocurrencias es porque queremos hacerlas universales, queremos hacerlas de todos.

No se deje impresionar por una sentencia breve dicha con solemnidad. Puede tratarse de una tontería.

Para los perezosos mentales, el mejor argumento es el silencio al final de una frase lapidaria.

Pensar que sabemos algo que nadie más sabe nos hace sentirnos poderosos. De ahí que haya credos fanáticos organizados en torno a creencias absurdas.

Dialogar con el que piensa como nosotros refuerza lazos de unidad, pero la conciencia progresa cuando debatimos con el que piensa diferente.

La ignorancia es natural a todos los seres humanos, pero la estupidez es un empeño, una actitud.

Los problemas controversiales suelen ser un agregado de varios problemas distintos que intentar saber separar.

El sentimiento es cierto para el que lo experimenta. De allí que piense que todo lo ligado a ese sentimiento también lo es.

Prejuicios inculcados en la niñez acerca de grupos o personas suelen condicionar el juicio incluso en sujetos inteligentes.

Tragedia: nos cuesta amar individualmente, pero podemos odiar en abstracto a categorías enteras de seres humanos.

La argumentación es la búsqueda de articulación en una masa de informaciones aisladas y, en parte, contradictorias.

Argumentar es articular lo que creemos cierto con lo que nos parece posible.

La vida material exige moderación y regularidad. Lo ilimitado sólo es posible al espíritu, a través del conocimiento.

La emoción es un hecho, no una verdad. Es por eso que la emoción asociada a una idea no altera su valor.

¿Cuál es el valor dialéctico de la provocación? Pasar a una confrontación en la que el provocador cree tener mejores posibilidades.

Cierta política apela a la provocación por hábito. De este modo, sólo se comunica con un auditorio intelectualmente básico

La identidad nacional invita al individuo gris a participar en un colectivo glorioso. De allí que el nacionalismo atraiga a tantas personalidades perturbadas.

"Todo se torna un poco diferente cuando lo proclamamos en voz alta." H. Hesse

El valor de la vida no es un axioma abstracto. Debe hacerse sentimiento a través de la compasión.

La argumentación es la esencia de la democracia, es el único modo de adaptación entre individuos y grupos diferentes.

Es regla de la buena dialéctica hacer la mejor interpretación posible de los argumentos del otro. El diálogo es voluntad de comunicación.

"Una gran verdad es aquella cuyo opuesto también es una verdad." Thomas Mann.

El sistema ideológico permite argumentaciones muy llamativas que fascinan al partidario, que no las entiende.

Los sistemas ideológicos tienden a cerrarse al diálogo, pues quien no los conoce no puede hacer objeciones.

El dominio de un sistema ideológico da una falsa sensación de poder. Con frecuencia, impide captar lo que es evidente para el sentido común.

La analogía más engañosa es ver lo cualitativo como cuantitativo. En el mundo hay un mejor ciclista, pero no un mejor escritor.

Una vez sembrada la semilla del odio, el pensamiento no hará más que racionalizarlo eludiendo toda prueba en contrario.

Puedes tener dudas sueltas o certidumbres sueltas. La evolución lógica de esto último es una dogmática; la de lo primero, una filosofía.


La filosofía sigue la tradición humanística del mandato "conócete a ti mismo". En ese sentido, las ciencias naturales son solo distracciones.


La teoría aporta a la política dos elementos de “distracción retórica”: 1) da coherencia al discurso político, lo que lo hace sonar plausible y, 2) induce a descuidar la crítica de sus premisas.


Se puede imitar el alemán sin saber alemán. Igualmente, se puede imitar el sonido de la filosofía para hacer confundir la nada con la profundidad.


Uno de los mayores enemigos de la buena dialéctica es el narcisismo. La autoescucha es necesaria, pero solo si es crítica.


"La verdad raramente es pura, y nunca es simple." Oscar Wilde





viernes, 22 de abril de 2016

Sobre el cine

Imágenes o música son a la obra cinematográfica lo que fenómenos físicos o biológicos pueden ser a un hecho histórico: elementos que se integran al orden principal aún siendo esencialmente distintos de éste. La sucesión de fotografías que compone la cinta no “explica” la película,  como la serie de eventos físicos no explica un asesinato (que requiere una reflexión en el nivel de los motivos, la psicología o la sociología, por ejemplo). Imagen y sonido son el medio en el que se realiza el cine, tal como las interacciones físicas son el medio en el que se actualiza cualquier realidad (biológica, psicológica, histórica, estética, etc.). Pero la formalidad del orden básico no contiene ni permite derivar la formalidad del orden complejo. Se trata, después de todo, del mismo problema que Aristóteles representa en la teoría de la materia y la forma: nada material se agrega al bloque de mármol para obtener la escultura, pero ésta ya no es sólo mármol. Del mismo modo, la película ya no es sólo una combinación de imágenes y sonido; éstas se han ordenado según un sentido propio del cine. Esta especificidad sería uno de los objetos de una filosofía del cine.

¿Qué hay que ver en una película? El espectador, no tiene ninguna responsabilidad filosófica y puede quedar prendado por una toma fija, por una canción, por el rostro de un actor o por una frase. Pero la obra es algo más que cada una de esas cosas y es más que la presentación conjunta de todas ellas.

Llamemos “imagen” a la representación, en términos visuales, de algo. Puede opinarse, como Kant, que un objeto no es sino la unidad que un sujeto proyecta sobre un conjunto de intuiciones que se le presentan bajo las formas de espacio y tiempo. Podemos decir que lo que entendemos ordinariamente por “objeto”, además, no es más que otra forma de idealizar un acontecimiento. No solemos pensar en la taza de café como algo que “ocurre” o “sucede” delante nuestro (desde el punto de vista kantiano, aún esta clase de objetos son construcciones ideales). Estabilizamos idealmente las cosas que percibimos en nuestro mundo sustrayéndolas al devenir y elevándolas al rango de objetos unitarios, aún cuando podríamos considerarlas, en definitiva, como partes del movimiento universal. Ahora bien, una imagen de la cosa (en una foto, por ejemplo) duplica la idealización. Esta taza de café se convierte en “una taza de café”; sugiere una idea general y sugiere, además, multitud de asociaciones psicológicas particulares (del individuo y de la cultura). La misma abstracción hecha por la cámara al elegir la taza, lejos de llamar la atención sobre el objeto individual, aquí y ahora, excluye el orden del movimiento y hace que la imagen dé algo más que un mero testimonio de existencia.

Esto es, por supuesto, una propiedad de la imagen. La foto podría ciertamente haberse tomado con un propósito testimonial. Pero este es el caso más raro: en la ambivalencia de la imagen, como registro de un instante y como alusión a una idea o a una diversidad de ideas, el sujeto que la percibe, aún cuando tome nota del primer significado, no podrá evitar ser llevado en la otra dirección.

En ese sentido, la representación cinematográfica es más compleja y heterogénea que nuestra experiencia cotidiana, pues puede introducir recursos que aunque no tienen nada que ver con nuestra experiencia, acaban por convertirse en códigos comunes. Por ejemplo, es parte de un lenguaje cinematográfico habitual usar la imagen de velocidad normal como representación del nivel real de la historia y las imágenes detenidas o en cámara lenta como evocación de otros significados: recuerdos, premoniciones, etc. Nuestra conciencia puede parecerse al cine: caminamos por la calle y vemos en "travelling", hacemos planos especiales para ciertas cosas, o se nos ocurre un comentario en off, o evocamos imágenes de otro sitio, o tenemos en la cabeza una melodía, etc. Pero no tenemos cámara lenta, ni rápida, ni pantalla dividida, ni (a menos que padezcamos trastornos neurológicos) distorsiones de la imagen o el sonido. Y sin embargo captamos el significado convencional que se ha dado a estos recursos.


           
Prefiguración platónica del cine




viernes, 15 de abril de 2016

Por qué la izquierda radical es el mejor aliado de la extrema derecha


En la conciencia política de los países democráticamente subdesarrollados prevalece la noción maniquea de que la lucha en torno al progreso es un enfrentamiento entre héroes de izquierdas y villanos de derechas. Propongo una interpretación alternativa.
 
No es difícil entender la diferencia entre lo que necesitamos para vivir dignamente y lo que necesitamos para vivir, a secas. Para una vida digna es condición necesaria la existencia puramente biológica. Usted puede vivir sin saber leer ni escribir, pero no puede vivir sin comer. Es filosóficamente interesante el hecho de que el valor más elevado esté en realidad (objetivamente) subordinado al valor inferior. En política esto se manifiesta en un aspecto importante: la estabilidad del orden socio-político es más fundamental que los valores de la vida digna (clásicamente: igualdad, libertad y justicia).
Sobre la base de lo anterior podemos razonar del siguiente modo.
1) Una sociedad no puede existir sin orden, pero puede existir (y así ha sido tristemente durante la mayor parte de la historia humana) sin justicia o sin igualdad. 

2) Las formas de ordenar y gobernar una sociedad son muy diversas, y pueden dejar más o menos sitio al desarrollo de aquellos valores, siendo la democracia el sistema ideal, ya que no sólo los tolera sino que los promueve. 

3) Ahora bien, la democracia es comparativamente un orden débil, por lo cual las pugnas políticas en torno al progreso de la dignidad pueden poner en riesgo ese orden. 

4) Si el orden es afectado gravemente, el principio de supremacía indicado determinará que su restablecimiento se convierta en prioridad por encima de cualquier otra cosa, postergando o lesionando seriamente aquellos ideales.
En la historia son muchos los casos en los que un periodo más o menos democrático se desestabiliza a causa de una actividad política que atiende al progreso ignorando el orden, negligencia que termina desembocando en algún tipo de autocracia (la 2ª República española o el Chile de Allende son buenos ejemplos). Es aleccionador el hecho de que en ambas situaciones hubiera personas que habiendo simpatizado con las corrientes de cambio terminaron por aceptar la dictadura. Para ellos, la inseguridad extrema fue menos tolerable que la pérdida de libertades.
Por todo lo anterior, se hace obvio lo siguiente: las políticas de progreso social gestionadas de manera irresponsable alimentan la necesidad de orden y, en consecuencia, acaban por debilitar los valores que intentan promover.
 
De manera esquemática, el drama político de las democracias subdesarrolladas puede describirse como sigue. Las izquierdas serias (v.g., algunas socialdemocracias) consiguen impulsar el progreso sin desatender la estabilidad; dicho de otro modo, aventajan a la derecha al defender tanto el valor básico (el orden) como los valores superiores (libertad, igualdad, justicia). La derecha, por su parte, ofrece orden y se limita a abogar por la parte conservadora en los debates sobre el progreso social. Las izquierdas infantiles, por su parte, enardecen el debate y lesionan el orden sin obtener ningún logro positivo (salvo, en el caso de la izquierda revolucionaria, la quiebra del “sistema”), con lo cual dejan la puerta abierta no simplemente a la derecha, sino a la derecha más extrema.

Por lo tanto, es muy estúpido alegrarse ante una gran crisis política sólo porque se piensa que desaparecerán los malos. Porque lo que puede ocurrir es que “los malos” salgan de ella fortalecidos y que lo que desaparezca sean derechos y libertades que creíamos aseguradas.
ALLENDE



miércoles, 13 de abril de 2016

Sobre pactos

Al político le resulta más cómodo gobernar con mayoría. Pero en un sistema parlamentario (o sea, no presidencialista) se piensa en una asamblea plural en la que cada fuerza haga valer sus ideas en la medida determinada por los votantes. La actual coyuntura política en España está poniendo a prueba las oxidadas o precarias competencias dialécticas y lógicas de nuestros políticos; la falta de práctica es evidente.

Desde el punto de vista dialéctico (esto es, relativo al debate como interacción), siempre dará mejores resultados un debate entre perspectivas múltiples que un debate entre sólo dos o tres posiciones, por la sencilla razón de que habrá más contribuciones tanto en el plano de la información (porque el conocimiento de los participantes se suma) como en el de la crítica (porque hay más inteligencias capaces de captar relaciones lógicas, de hacer deducciones o de detectar fallos). 
Pero esto sólo es posible si los agentes de estas perspectivas son individuos racionales. Y ser racional no es sólo cuestión de inteligencia y conocimiento (que desde luego nunca vienen mal), sino sobre todo de actitud. La persona más culta e inteligente puede ser obcecada, sorda ante las opiniones ajenas, prejuiciosa, etc.; y el individuo más sencillo puede ser un excelente dialéctico sólo por ser capaz de escuchar y hacer preguntas oportunas ­–la única virtud que se atribuía Sócrates, por cierto.

Sobre el modelo de un pacto de dos partes, pueden proponerse las siguientes normas de buenas prácticas:

1-       No vetar interlocutores a priori. En la fase de pactos muchos se apresuran a determinar ciertas exclusiones,  declarando con quien no se va a pactar en ningún caso. En un contexto democrático, es muy mala señal que haya partidos que corten la comunicación con otros (salvo la forma primitiva de comunicación que representan los insultos) y los votantes deben tomar buena nota de ello. Si se considera imposible tratar con algún grupo, los políticos deben evaluar cuidadosamente e informar de las razones por las que ocasionan esa merma de calidad al sistema.

2-       Elaborar meditadamente un programa común. Deben compararse los programas para ubicar: 1- los puntos similares en los dos programas, 2- los puntos aceptables (que están sólo en uno de los dos, pero que la otra parte considera incluibles en el suyo), 3- Los puntos rechazables (están en uno de los dos y la otra parte se niega a incluirlo en el programa común). Deben hacerse los debates necesarios para asegurarse de que se entiende bien lo que se acepta o se rechaza, haciendo esfuerzos para maximizar lo primero y minimizar lo segundo.

3-       Priorizar. Cuando se tiene mayoría se aspira a la realización total del programa, pero cuando se gobierna en pacto se trata de fijar unos mínimos de participación en el programa común. Para ello es indispensable establecer prioridades, pues obviamente preferimos que se incluyan los puntos que consideramos más importantes. Suele intentarse hacer concesiones en puntos de menor importancia a cambio de ventajas en los asuntos principales. Es una jugada legítima pero que no engaña a nadie si  hay mucha diferencia entre lo que se cede y lo que se pretende; sin embargo, en la zona media de la tabla de prioridades hay un espacio de negociación interesante.
Quizá la mayor ventaja de hacer un análisis como este es evitar pérdidas de tiempo a personas y organizaciones si se detectan rápidamente incompatibilidades insalvables.

martes, 4 de agosto de 2015

Ciencia, religión y Dios

Hay que advertir, si no es evidente, que una cosa es la creencia, noción, idea de Dios, y otra diferente es la actitud religiosa. Es obvio que esta última es previa a la teología, a la concepción de uno o múltiples dioses, así como es previa a todo relato concreto acerca de la formación/creación del mundo o cualquier explicación acerca de la vida, la muerte o el alma. Es decir, deben separarse las religiones positivas, con sus rasgos particulares, de una cierta predisposición subjetiva  hacia lo que en términos terrenales podemos llamar simplemente "lo desconocido". Creyentes o no, aficionados o no a lo religioso, es esencial a nuestro "estar en el mundo" un estar también en relación con cosas que nos afectan y sobre las que sabemos poco o nada. De hecho, buena parte de nuestra vida como cultura se dedica a convertir lo desconocido en familiar mediante toda una serie de discursos y prácticas que van desde el mito y la moral hasta la filosofía, la ciencia y la tecnología. La creencia en un Dios es sólo una de las formas de reaccionar ante ese lado incierto, impredecible y con frecuencia amenazante de la realidad.

La diferencia capital entre la ciencia y la religión, como productoras de una representación del mundo, está en los argumentos que cada una exige para creer en sus proposiciones, y esta diferencia no es una cuestión de grado (los argumentos de la ciencia son más rigurosos que los de la religión), sino que se trata de una diferencia cualitativa dependiente de las actitudes y propósitos de sus respectivos sujetos. Por "sujeto" no hay que entender "individuo", como si hubiera por un lado una colectividad de científicos escépticos y por otro una banda de religiosos crédulos. La actitud religiosa y la científica podrían coexistir en el mismo individuo con cierta armonía, a la manera de aquella separación medieval entre razón y fe.

En algunos casos el resultado de esta elaboración de lo desconocido es lo bastante preciso como para considerar estabilizada nuestra relación con una determinada porción del mundo: conocemos la causa y la cura de algunas enfermedades, sabemos por qué se producen los rayos y los truenos y hemos explorado el mundo y sus alrededores lo suficiente como para saber más o menos con qué podemos encontrarnos o no. En otros casos se cubre la ignorancia con otros argumentos: la enfermedad del niño se debe a un secreto designio divino o a alguna magia adversa, el accidente es el castigo de una culpa, los sueños son mensajes en clave acerca del futuro y la muerte es un tránsito hacia otra forma, mejor o peor, de existencia.

Lo desconocido tiene muchas categorías. No sabemos que nos espera después de la muerte pero quizás tampoco sabemos quién vive en el piso de arriba. No sabemos por qué en un accidente muere toda una familia y se salvan sólo la abuela nonagenaria y el conductor ebrio que causa la tragedia, como tampoco sabemos en qué situación se encontrará nuestra sociedad dentro de cincuenta años. Ante estos diversos misterios, el sujeto religioso y el científico tienen diferente urgencia y diferentes disposiciones. El científico, en tanto científico, se plantea ciertas preguntas sobre el mundo, pero no se plantea preguntas éticas o existenciales.

La ciencia no aspira a una visión total de la realidad, pero la religión sí. En esa aspiración, la noción de Dios ayuda a dar coherencia a ese cosmos que no se limita a lo físico, y tal vez por eso es común a las religiones mayoritarias. Pero no es una noción necesaria, no es inherente a lo religioso. La inquietud religiosa puede impulsar al individuo en la dirección de una tradición o puede estimular una vida de búsqueda personal, pero en ningún caso supone una ruptura con la ciencia. Ciencia y religión tienen inquietudes diferentes.