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La filosofía y las palabras

La mejor forma de defender la filosofía es intentar aplicaciones que muestren su “utilidad”, y para hacerlo, hay que destacar su lado crítico, analítico, tratando de compensar los excesos de su lado especulativo (la postulación de teorías generales no verificables). Digamos que deberíamos atender menos al espíritu absoluto de Hegel o a los tres estados de Comte y más modestamente ocuparnos de lo que significan algunas de las palabras que usamos normalmente cuando hablamos de determinados temas.

Las palabras, según la lógica clásica, tienen connotación y denotación. La connotación es el conjunto de rasgos que se consideran esenciales a la cosa a la que nos referimos (que es más o menos lo que nos ofrece un diccionario), mientras que la denotación es el conjunto de cosas a las que puede aplicarse legítimamente esa palabra. A mayor connotación, menor denotación, y viceversa. Las subclases tienen  mayor connotación y menor denotación que las clases a las que pertenecen: la definición de "perro" incluye más detalles que la definición de "mamífero", y hay, claro, menos perros que mamíferos. Por muy clásica que nos parezca esta doctrina, es obvio que para entendernos necesitamos saber qué significan las palabras y a qué se refieren.

La conceptualización es sencilla y muy útil cuando empleamos este procedimiento en las ciencias naturales, que se ocupan de un ámbito de realidad estable. Pero tratándose de otros asuntos, de otros “objetos”, las palabras no llevan consigo una indicación unívoca de su sentido y su referencia. Si oímos “parsec”, “artrópodo”, “gluón” o “usucapión”, estas palabras nos sugerirán, si las conocemos, justamente lo que significan y nada más. En cambio, en el caso de palabras como “libertad”, “revolución”, “izquierda”, “derecha”, “justicia” o “machismo”, la percepción es muy distinta. Y no son palabras raras, al contrario, son palabras de uso bastante común, no solo en las conversaciones informales sino también en espacios donde el intercambio dialéctico tiene consecuencias de gran alcance, como la política, donde se toman decisiones que afectan al ciudadano, o el periodismo, que influye ampliamente sobre la formación opiniones. 

Aunque estas palabras no tengan definiciones estables, tanto los sesgos en el sentido como las valoraciones asociadas a ellas repercuten en las actitudes y hasta en las emociones de quienes las usan. Por ejemplo, decir que alguien es de derechas suena casi como una acusación, mientras que un individuo reputado como "revolucionario" gozará misteriosamente de cierto prestigio (al menos entre alguna gente); “libertad” es un sonido que justifica sacrificios y efusiones de sangre (véanse tantos himnos nacionales), mientras que “orden” puede evocar disciplina, opresión y “agentes del orden” maltratando ciudadanos. Es obvio que tenemos un serio problema cuando el lenguaje se convierte en un mero estímulo para respuestas condicionadas en lugar de servir como vehículo de conocimiento. 

Y es obvio, por tanto, que la simple consideración crítica de estos términos –labor estrictamente filosófica– tiene gran importancia y utilidad. Analizar el  lenguaje que usamos neutraliza sus condicionamientos de estímulo-respuesta sobre lo que hacemos y sentimos, nos protege contra la demagogia y el fanatismo y nos devuelve la autonomía que supone la racionalidad.







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