viernes, 9 de diciembre de 2016

Crítica y certeza

Es seguro que la mayor parte de los miembros de ese colectivo llamado “opinión pública” tienen nociones  no muy elaboradas acerca de muchas cosas, aunque adhieran a ellas con convicción total. Una opinión, en su fase más primitiva, puede no pasar de ser una simple proposición en la que se toma partido ante un dilema: se está a favor o en contra de algo, pena de muerte, aborto, toros, un proyecto de ley o una figura pública. En relación con el sujeto que emite una opinión particular (entendida como una proposición simple) pueden destacarse entonces dos aspectos: la calidad de su argumentación y el grado de su adhesión a dicha opinión. Por calidad de argumentación me refiero a la disposición o capacidad que tiene el sujeto para ofrecer razones aceptables (es decir, verdaderas, relevantes y suficientes) en favor de lo que opina. Por adhesión, me refiero a algo que intuitivamente parece bastante claro pero que en realidad es más complicado, de momento digamos que la adhesión se verifica  de dos maneras: en la disposición que tiene el sujeto para actuar de acuerdo con esa opinión, o en su mayor o menor resistencia a cambiarla. (1)

Es interesante notar que no hay una proporción directa entre calidad de argumentación y grado de convicción, no sólo porque evidentemente el mundo está lleno de palurdos dispuestos a matar por ideas que no entienden, sino también porque un alto grado de “argumentatividad” a veces debilita la adhesión, pues la exploración concienzuda del tema puede revelar que las cosas son menos claras de lo que parecían. El proceso tiene un aspecto hegeliano: en una primera fase, ingenua, hay claridad y convicción; en una segunda fase, crítica, surgen la confusión y la duda; finalmente, se alcanzaría una nueva claridad en la que lo que parecía simple se ha representado en su complejidad (esta tercera fase podrá, eventualmente, ser sometida a crítica y dar lugar a un nuevo proceso). (2)

Parece obvio que la crítica es necesaria en todos los niveles de la comunicación. Sin embargo existen fuerzas psicológicas y políticas que operan en contra de la buena argumentación y de la argumentación en general. Hay convicciones que no se quiere poner en duda, por ejemplo cuando uno ha basado toda una vida en ellas. Hay temas de los que no se habla, por vergüenza o por temor. Hay gente a la que se odia tanto que no se quiere compartir con ellas ni siquiera las verdades. También existe el mecanismo psicológico de defensa conocido como “racionalización”, consistente en dar explicaciones plausibles para conductas que a primera vista se consideran negativos. Algunos grupos tienen un arsenal de recursos anti-argumentativos: dogmas indiscutibles, temas tabú, explicaciones doctrinarias, lenguaje o temática incomprensible, ataques ad hominem para quien plantea dudas o pide demasiadas explicaciones, etc. Son medios de defensa ante la amenaza que la crítica supone tanto para el discurso como para las realidades que puedan haberse construido sobre él. 

La política tiene su propia historia en materia de crear obstáculos a la crítica. Dos capítulos principales de esa historia se relacionan con el fascismo y el comunismo. El fascismo rechaza la democracia por titubeante, pues en ella todo debe discutirse antes de tomar una decisión y nunca quedan todos conformes. La solución se encuentra, según los fascistas, en el líder que decide con un consejo de leales y trasmite la decisión al cuerpo organizado de la nación (organizado por el sindicato, el partido, el ejército, etc.) El comunismo, en cambio, pretende apoyarse en una verdad “científica”, lo que convierte cualquier pensamiento alternativo en "ideología". La ideología es a los grupos sociales lo que el mecanismo de racionalización es al individuo: las ideas políticas del no comunista son su manera de disfrazar y disfrazarse sus intereses de clase haciéndolos pasar por intereses generales. En consecuencia, el comunista rechaza lo que los demás entienden como democracias calificándolas de “burguesas”, esto es, como meras puestas en escena que sirven para legitimar unas determinadas relaciones sociales, políticas y económicas..

Parece entonces que la certeza y la crítica son valores sociales antitéticos. Los grupos particulares prefieren la certeza, que ayuda a cerrar filas; la crítica parte de la duda y por lo tanto se abre a la argumentación y al contraste con otras opiniones, lo que puede ser enriquecedor, pero destruye las premisas que fundaban la posición particular. Las doctrinas de los grupos particulares se extienden entonces por transmisión "memética" de sus dogmas, mientras que la argumentación no se limita a la reproducción de una idea sino que crece en comprensión, en la medida que es capaz de asimilar lógicamente nuevos puntos de vista.

Pero lo que parece contradictorio en el concepto resulta ser complementario en la realidad, y así nos vemos conducidos más allá de la lógica y la dialéctica a un asunto en el que la razón se superpone a la ética y es el de nuestra responsabilidad (individual, claro) ante los paradigmas en y entre los que vivimos. ¿En qué punto podemos llamar irracional al que sigue defendiendo una posición contra todas las objeciones? ¿Y cuándo resulta prematuro o frívolo abandonar un paradigma por sólo algunos argumentos desfavorables? He aquí un dilema dirigido a nuestra prudencia.



(1) El tema es complejo porque aunque el criterio más seguro parece ser el de tomar en cuenta las acciones observables la adhesión o convicción es ante todo una disposición subjetiva que se manifiesta también en lo que se declara y en el modo en que se declara. El problema está en que con mucha frecuencia los individuos, a la hora de actuar, pueden no tener el mismo ánimo que demuestran al manifestar sus opiniones (“del dicho al hecho…”) Sin embargo, cabe diferenciar la convicción intelectual del valor para actuar: que alguien no se atreva a hacer lo que cree no quiere decir que haya dejado de creerlo.
(2) El “sólo sé que no sé nada” de Sócrates o la duda metódica de Descartes expresan esta desconfianza de las convicciones simples y la necesidad de la crítica