viernes, 7 de enero de 2011

La noción de "poder" (I)


En el sentido más general posible, el poder es la capacidad que algo tiene de transformar su entorno. En inglés la palabra conserva ese sentido general, una persona tiene poder, como también lo tiene un motor. En castellano, en cambio, asociamos poder a una capacidad humana, en particular, una capacidad psicológica y política, no física (no decimos que un levantador de pesas tiene “poder”). Y más en particular, se piensa en la capacidad de influir sobre otras voluntades poniéndolas al servicio de un objetivo propio del agente.

Tienen poder un político, un empresario o un mafioso. En el plano de las relaciones individuales también se habla del poder, a veces puramente psicológico, que unas personas tienen sobre otras: el marido sobre su esposa, la amante sobre el adúltero, el cura sobre sus fieles. El análisis de este tema es complejo. Baste presentar cuatro aspectos del poder que rotularemos como su modo, su naturaleza, su extensión y su origen. Por modo me refiero a su carácter positivo o negativo, esto es, a la modificación de la voluntad ajena mediante promesa de beneficios o perjuicios. Por naturaleza me refiero a la forma material o inmaterial que pueden adoptar estos beneficios o perjuicios. Por extensión quiero decir el mayor o menor grupo de personas cuya voluntad es modificada por el agente con poder. Finalmente, el origen del poder tiene que ver con su carácter privado o público.

Quizás las primeras ideas asociadas al término poder hacen pensar en amenazas, en una situación de extorsión en la que el dominado sabe que no hacer lo que el poderoso quiere puede acarrear consecuencias indeseables. Es común que estas consecuencias indeseables sean simplemente la suspensión de una relación de favor preexistente; por ello quienes tienen o buscan poder tratan de formar una red de beneficiarios tan extensa como sea posible. Antes de llegar a una fase puramente negativa de amenaza, la relación de poder comienza con una fase amable de establecimiento de relaciones personales y materiales que comprometen al dominado. El beneficio puede consistir en dinero u otros bienes materiales, así como en protección y seguridad (clave de las relaciones feudales en la Edad Media, por ejemplo). No es tan común la relación de poder puramente negativa, es decir, sin ninguna ventaja para el dominado. La situación basada en el puro miedo es inestable, pues el dominado mismo no tiene propiamente un lugar en el que pueda dar la espalda a la amenaza y se ve obligado a pensar permanentemente en el escape. Las dictaduras más duraderas son las que se preocupan de delimitar un espacio en el que los dominados pueden vivir sin miedo y en el que reciben hasta dónde es posible lo que necesitan; cuando el miedo y la necesidad aumentan, los dictadores están en apuros. 

Aunque este mecanismo beneficio-amenaza es básico y se supone para otras cosas que deben comentarse, hay que decir que aquí se da a entender que las voluntades del dominante y el dominado tienen siempre en principio objetivos diversos e incluso opuestos. La divergencia o coincidencia de los objetivos es esencial para reconocer la relación como relación de poder. Cuando sus objetivos son parecidos o los mismos el poderoso puede ser visto como líder de un proyecto en el que se colabora y cuyos fines se desean igualmente. La obediencia a un líder es voluntaria y responde a necesidades funcionales de la organización en la que líder y seguidor actúan, por lo cual este tipo de relación compromete a aquél con una posición de autoridad y responsabilidad que se establece de entrada de forma clara, pública y revocable. No obstante, está claro que una de las destrezas del poderoso auténtico es la de saber disfrazar eficazmente de diversas maneras el crudo mecanismo del chantaje, lo que puede hacer presentando sus objetivos como objetivos de interés común (esta era una de las críticas de Marx a la democracia burguesa: los burgueses presentan como interés general lo que sólo es interés particular).