viernes, 10 de septiembre de 2010

El contexto de la argumentación

La intuición a la que se trata de dar forma aquí es la de que muchas argumentaciones se originan o conectan con ideas, valores y otros motivos culturales (susceptibles de tomar forma proposicional), lo que supondría el desarrollo de métodos especiales para reconstruir argumentos, explicitar supuestos o aclarar vínculos, toda vez que lo típico de las ideas en la cultura es esa disposición desordenada, elíptica y discontinua, como una especie de naufragio de sistemas en los que, sin embargo, cada pieza retiene algo de  su sentido primario. Así, que las argumentaciones que solemos tratar a primera vista como ejemplos individuales se integren a su matriz ideológica o no, resulta ser la primera decisión relevante para el análisis de la misma.

   El punto de partida del proceso argumentativo lo señala la necesidad de justificar cierto tipo de proposiciones que llamamos comúnmente “opiniones” o, con alguna connotación distinta, “puntos de vista”
(1). Podríamos decir que la opinión es una proposición poco contrastada y sostenida con escasa o ninguna conciencia de sus vínculos lógicos con otras proposiciones o de su adscripción a algún discurso sistemático. En su forma más primitiva, la opinión correspondería al momento en el que un sujeto encuentra formulación verbal para cosas que, antes de eso, eran costumbres, hábitos, aprensiones, deseos o disposiciones, dejando por ahora aparte el problema de a qué tipo corresponden los elementos de esta lista  o hasta dónde pueda llevarnos el análisis de las distinciones entre ellos. Importa tener presente que la opinión es correlativa a “condiciones objetivas” culturales, sociales, económicas, etc.

   Pero no llamamos “opinión” a cualquier formulación verbal básica. La opinión, por precaria que sea, tiene un alcance general: acerca de personas, valores o actos, la opinión entraña un juicio y, por tanto, nos da la impresión de que hay algo más, de que no es un testimonio aislado acerca de algún hecho sino una sentencia que procede de un universo discursivo más complejo. Al oír proposiciones como “la pena de muerte no debe implantarse en nuestro país” o “Juan es brillante” no podemos tomarlas como meros datos cuya verdad o falsedad se atribuirían empíricamente, sino como un tipo de información cuya verdad es lógicamente dependiente de otra, o cuya aceptación exige mayores explicaciones.

Sin embargo, quien formula una opinión no siempre está invitándonos intencionalmente a pasar a su mundo filosófico y discutir sus razones. En primer lugar porque, con frecuencia, las opiniones funcionan como señales externas que sirven para indicar a los demás las disposiciones éticas o políticas de un individuo o grupo, condicionando con ello las actitudes del auditorio (uno de los resultados –o una de las intenciones-- de este condicionamiento de la actitud del otro puede ser justamente  la inhibición de toda iniciativa de objeción o debate sobre el punto). Y en segundo lugar, lo que por lo general sucede es que los argumentos, el “discurso” detrás de la opinión no existe o la justificación que puede dar el sujeto no pasa de algunas conexiones asistemáticas con otras proposiciones, no necesariamente compatibles, de diverso valor y grado de generalidad. De modo que, si tomamos en cuenta que entre los seres humanos el tener opiniones es tan universal como el no querer ni saber justificarlas, el proyecto de una teoría de la argumentación centrado en la interacción dialéctica entre sujetos que necesitan tener reglas y cooperar para solucionar una disputa resulta aplicable sólo a una parte de los casos.

    El principio del proceso de argumentación puede ser el contraste de opiniones aparentemente incompatibles, un enfrentamiento a nivel de “prácticas” diferentes (no necesariamente opuestas), una crisis individual “existencial”, o cualquier otra razón. La opinión, o tesis problemática, cobra vida cuando es tomada como la conclusión de un argumento nunca formulado, o tal vez no completa o consistentemente. Es esta calidad paradójica de la opinión  (su naturaleza lógica no evidente, por decirlo así) la que dinamiza el proceso de reconstrucción, no de un argumento –el primero al que podríamos asociarla- sino el de un ignoto complejo en el que, en principio, no sabemos “dónde estamos parados” (2). La reconstrucción será entonces algo más arduo que interpolaciones a la vista de un todo ya perfilado, como cuando deducimos el contenido de una pieza de rompecabezas que nos falta pero cuya posición y entorno ya conocemos. Al principio de nuestro problema, tal como lo planteamos, las cosas son exactamente al revés: tenemos la pieza, pero ignoramos qué puede significar.

Puesto que las razones para sostener una opinión son más “existenciales” u “objetivas” que lógicas o epistemológicas, la resistencia a cambiar un modo de actuar se comunica a la instancia verbal que lo representa (3) y da lugar a los múltiples artificios defensivos entre los que se cuentan las falacias. La falacia no es entonces un “error” cometido al razonar sino el producto de una táctica disuasiva o persuasiva. En el caso de las opiniones en general, cuando el hablante no se limita a callar sobre un asunto, lo que requiere es una “antilógica” que le sirva para ocultar, tergiversar, mentir a medias y producir falacias. La tarea de análisis de la argumentación debería comenzarse entonces con una sana actitud “ad hominem”.

Esta perspectiva que correlaciona el discurso con la práctica aproxima la teoría de la argumentación a los problemas de la ideología, pero es claro que una mejor comprensión de la génesis concreta del discurso no arroja mayor luz sobre el valor de las argumentaciones eventualmente presentes o “reconstruibles” en él. Las causas por las que alguien sostiene un punto de vista, se niega a discutirlo o lo justifica de manera más o menos falaz, no tienen relación lógica con la calidad del resultado. De hecho, la teoría de la ideología suele desentenderse de esas valoraciones, considerando que los diferentes discursos tienen una circunstancia cultural y social que los explica como actos, hechos o cosas pero no los determina lógicamente. Así, desde el punto de vista de su funcionalidad práctica, todos los sistemas ideológicos serían verdaderos, mientras que desde el punto de vista de una verdad, serían todos falsos. La argumentación no debe atender al contexto sino para buscar en él los elementos que puedan ser formulados como proposiciones e incorporados pertinentemente al sistema argumentativo. La confusión del nivel textual con las causas del texto es invariablemente, desde el punto de vista del análisis, una operación falaz.

No todo debate debe quedar determinado por sus circunstancias sin posibilidad de evolución. En un extremo,  puede darse una especie de ritual o representación teatral donde la palabra refuerza la adhesión del individuo a la costumbre sin llegar a alterar la posición de ninguno de los actores ni, mucho menos, a generar una evolución del sistema discursivo. Las ocasiones en las que tiene lugar un conflicto de opiniones son típicas y comportan modos típicos de ataque y defensa relativamente ilegítimos, y pueden llegar a diversas formas de resolución o cierre del intercambio que no sean al mismo tiempo soluciones lógicas (suspensión de la decisión, decisión sólo en el nivel en el que hay acuerdo, negociación en la que se distribuyen los perjuicios de la decisión, etc.). En el otro extremo, se ubica lo que una suerte de situación ideal al modo del diálogo platónico: una interacción que hace que cada quien aclare los motivos “profundos” que se ocultaban detrás de la primera opinión y lleguen a una solución lógica genuina, ya sea por el establecimiento de un discurso o teoría común, o la liquidación de uno de los puntos de vista a favor del otro. Entre ambos polos se encuentra una gama extensa de casos mixtos en el que el que algunas diferencias pueden ser tratadas con consideraciones lógicas y otras no.

    Considerando este segundo caso (el primero es un problema de historiadores o sociólogos), si las dudas u objeciones acerca de una opinión pueden llevarnos súbitamente a las perplejidades y aporías de la filosofía ¿cómo se resuelve realmente una diferencia de opinión? Es verdad que en ciertos ejemplos se ve con claridad que un poco de seriedad metodológica permite lograr acuerdos acerca de problemas como comprar o no un automóvil usado. En tales situaciones, un breve debate puede poner de manifiesto todos los aspectos relevantes sobre el caso y, puesto que los principios generales que rigen la compra de autos usados no implican sutilezas que puedan prolongar el proceso en ningún sentido metafísico, cabe esperar una decisión de consenso. Pero si se contrastan puntos de vista de otro tipo, por ejemplo los que comprometen valoraciones morales, el curso del debate tenderá a “abrir” una trama de supuestos (compartidos y no compartidos, más o menos aceptables, mejor o peor fundados) que difícilmente desembocarán en una solución rápida de la diferencia. Sucede con las controversias menores algo análogo a lo que sucede con los argumentos que se analizan en lógica formal: al acotar los límites del problema podemos despreocuparnos de implicaciones ulteriores y resulta entonces más sencillo mirar exclusivamente su estructura  (aún cuando  se funcionalicen y dialecticen sus elementos como quiere el enfoque pragmadialéctico). 

   La acotación de los argumentos para su solución es arbitraria. En nuestro ejemplo, resulta lógicamente posible llevar la discusión sobre la compra del auto a un contexto mayor donde traten de dirimirse cuestiones como la conveniencia del uso del transporte privado y el consumo de recursos no renovables, o pasar de allí a considerar el puesto del hombre en la naturaleza. Cuando la discusión comienza a poner al descubierto desacuerdos más profundos, es posible que junto al incremento de la dificultad del análisis se encuentre también menos disposición de las partes a cambiar principios o alterar prácticas y se activan aquellos mecanismos de resistencia que prefieren desdibujar la cuestión antes que resolverla.

    El cuestionamiento de una opinión de esa especie “problemática” (por reflexión o por contraste con otro parecer) inaugura el proceso de argumentación, el cual apunta a revelar un universo de discurso consistente. En este sentido, cabe advertir que toda argumentación resulta monológica. Un segundo actor no puede ocupar una posición simétrica a la del primero. Las intervenciones de la “segunda voz” sirven para que la primera desarrolle las consecuencias de sus tesis o para que desista de seguir la justificación (aunque pueda no desistir de sostener la opinión con la que empezó). La segunda voz puede colaborar en la búsqueda de conexiones con otras proposiciones que se adapten a la estructura que se está formando o bien, al contrario, buscar precisamente esos ejemplos incómodos que no encajan pero tampoco es fácil o siquiera deseable refutar. Pero, aunque varíe su intención, cooperando u objetando, el antagonista no puede ser más que una figura auxiliar. El desarrollo paralelo de dos argumentos, tendientes a la consistencia en sí mismos, no sería un diálogo sino un par de monólogos: el clásico diálogo de sordos, en el que cada quien procede atento al hilo de sus propios pensamientos. En el contexto de una argumentación, todo “cuerpo extraño” se reduce al absurdo o conduce a nuevas conexiones.

1 El inglés “standpoint” parece atenuar la connotación perspectivista de nuestra expresión castellana y favorecer la idea de tener alguien cierta posición, de “estar parado” en cierto lugar, indicando quizás un compromiso mayor del “opinante” con lo que declara.
2 Si en un argumento principal, en un ramal secundario, etc.
3 La formulación verbal equivale a una exposición pública que hace al sujeto más vulnerable respecto de su conducta de lo que es cuando sólo se limita a actuar. Desde el punto de vista de la preservación de la costumbre resulta ser un paso contradictorio. Quizás se asume este riesgo en el intento por promover las costumbres al plano en el que podrían ser universalizadas.

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